21.8.10

Una víctima de la publicidad

Un texto de Zola, padre del naturalismo. Recuerdo haber leído los texto de este autor francés y pensar en algún cortometraje, saldrá en algún momento. Va el texto.

Una víctima de la publicidad
por
Émile Zola
Conocí a un chico, fallecido el año pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de razón, Claude se había hecho este razonamiento: «El plan de mi existencia está trazado. No tengo más que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastará con leer los periódicos y los carteles publicitarios, mañana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos guías me aconsejen. En ello radica la verdadera sabiduría, la única felicidad posible». A partir de aquel día, Claude adoptó los anuncios de los periódicos y de los carteles como código de vida. Éstos se convirtieron en el guía infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compró nada, no emprendió nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. Así fue como el desventurado vivió en un auténtico infierno.
Claude adquirió un terreno formado por tierras de aluvión donde sólo pudo construir sobre pilotes. La casa, construida según un sistema novedoso, temblaba cuando hacía viento y se desmoronaba con las lluvias tormentosas. En su interior, las chimeneas, provistas de ingeniosos sistemas fumívoros, humeaban hasta asfixiar a la gente; los timbres eléctricos se obstinaban en guardar silencio; los retretes, instalados según un modelo excelente, se habían convertido en horribles cloacas; los muebles, que debían obedecer a mecanismos particulares, se negaban a abrirse y cerrarse.
Tenía sobre todo un piano que no era sino un mal organillo y una caja fuerte inviolable e incombustible que los ladrones se llevaron tranquilamente a la espalda una hermosa noche invernal.
El infortunado Claude no sufría sólo en sus propiedades sino también en su persona: La ropa se le rompía en plena calle. La compraba en esos establecimientos que anuncian una rebaja considerable por liquidación total. Un día me lo encontré completamente calvo. Siempre guiado por su amor al progreso, se le había ocurrido cambiar su cabello rubio por otro moreno. El agua que acababa de usar había hecho que se le cayera todo el pelo rubio, y él estaba encantado porque -según decía- ahora podría usar cierta pomada que, con toda seguridad, le proporcionaría un cabello negro dos veces más espeso que su antiguo pelo rubio.
No hablaré de todos los potingues que se tomó. Era robusto pero se quedó escuálido y sin aliento. Fue entonces cuando la publicidad empezó a asesinarlo. Se creyó enfermo y se automedicó según las excelentes recetas de los anuncios y, para que la medicación fuera más efectiva siguió todos los tratamientos a la vez, hallándose confuso ante la idéntica cantidad de elogios que cada producto recibía.
La publicidad tampoco respetó su inteligencia. Llenó su biblioteca con libros que los periódicos le recomendaron. La clasificación que adoptó fue de lo más ingeniosa: ordenó los volúmenes por orden de mérito, quiero decir, según el mayor o menor lirismo de los artículos pagados por los editores. Allí se amontonaron todas las bobadas y todas las infamias contemporáneas. Jamás se vio un montón de ignominias semejante. Y además, Claude había tenido el detalle de pegar en el lomo de cada volumen el anuncio que se lo había hecho comprar. Así, cuando abría un libro, sabía por adelantado el entusiasmo que debía manifestar; reía o lloraba según la fórmula. Con ese régimen, llegó a ser completamente idiota.
El último acto de este drama fue lastimoso. Tras haber leído que había una sonámbula que curaba todos los males, Claude se apresuró a ir a consultarla acerca de las enfermedades que no tenía. La sonámbula le propuso obsequiosamente la posibilidad de rejuvenecerlo indicándole la forma para no tener más de dieciséis años. Se trataba simplemente de darse un baño y de beber determinada agua. Se tragó el agua, se metió en el baño y se rejuveneció en él de tal manera que, al cabo de media hora, lo encontraron asfixiado.
Claude fue víctima de la publicidad hasta después de muerto. Según su testamento, había querido ser enterrado en un ataúd de embalsamamiento instantáneo cuya patente acababa de obtener un droguero. En el cementerio, el ataúd se abrió en dos, y el miserable cadáver cayó al barro donde tuvo que ser enterrado revuelto con las planchas rotas de la caja. Su tumba, hecha de cartón piedra y en imitación de mármol, empapada por las lluvias del primer invierno, no fue pronto nada más que un montón de podredumbre sin nombre.


Émile Zola (Francia 1840 – 1902), escritor francés, considerado como el padre y el mayor representante del Naturalismo.
Algunos de sus trbajos
La Confession de Claude
Les Mystères de Marseille
Thérèse Raquin
La fortuna de los Rougon
La jauría
El vientre de París
El pecado del abate Mouretn
La taberna
La alegría de vivir
Germinal
El desastre.
El Doctor Pascal.
Serie de Las tres ciudades
La novela experimental
La escuela naturalista

20.8.10

La monja sangrienta

Viernes de terror, va un clásico de aparecidos. Nodier ha logrado envolverme a través de sus textos en esa cosa gótica, me ha transportado. Creo que en algún momento, sus historias me inspiraron de forma inconsciente cuando hace unos años escribí un relato de horror (aún inédito). Cuento breve de fantasma a continuación…

La monja sangrienta
por
Charles Nodier

Un aparecido frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora exacta de la mañana, el fantasma salía de su asilo.
Era una religiosa cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera principal, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que se preocupaban de dejar abierta, y desaparecía.
La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnès, a quien amaba locamente.
Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnès conocía de sobra la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle: —Dentro de cinco días —le dijo ella— la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... —Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.
El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.
Las luces se apagan, cesa el ruido, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.
Agnès no decía ni una palabra.
Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados.
En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.
A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnès, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.
Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.
Sin embargo, el día va pasando; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta, al dar la hora. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora. El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:
—Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. —Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.
Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.
La noche siguiente, la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por ninguno de los que hacía acostar en su habitación.
Entretanto, Raymond averiguó que Agnès había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnès, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.
Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer la monja sangrienta. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo. Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.


Jean-Charles Emmanuel Nodier (Francia 1780 - 1844), fue escritor y bibliotecario francés. La obra de Charles Nodier que ha perdurado en el tiempo es mayormente narrativa y de corte sobrenatural, predominando en ella un atractivo tono añejo. Sus relatos versan sobre vampiros, demonios, brujas, aparecidos: La monja sangrienta, El vampiro Arnold-Paul, El espectro de Olivier, Las aventuras de Thibaud de la Jacquière, El tesoro del diablo, El aparecido rojo.
Algunos de sus trabajos
Smarra, o los demonios de la noche
El delator
Infernaliana
Bibliothèque sacrée grecque-latine de Moïse à saint Thomas d'Aquin
Mademoiselle de Marsan
Souvenirs de la jeunesse
Inès de las Sierras
La novena de la Candelaria
Souvenirs y retratos de la Revolución
Historia del perro de Brisquet
Franciscus Colonna
El vampiro de Arnold Pault

19.8.10

Sobresaltos

Va para este jueves un texto de S. Beckett, autor que descubrí casi por casualidad en una tienda de libros usados -hace ya varios años- y revolviendo la mesa de ofertas se me calló el libro “Esperando a Godot”, no tenía referencia del autor, pero me gustó la edición del libro y me lo llevé. Admiro a Beckett y comparto el siguiente relato con ustedes.


Sobresaltos
por
Samuel Beckett

Uno
Sentado una noche a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Una noche o un día. Pues aunque apagada su luz no se quedaba a oscuras. Le venía entonces de la única alta ventana una apariencia de luz. Debajo de ella todavía el banco en el cual se subía a ver el cielo hasta ya no poder desearlo. Si no se asomaba para ver cómo era abajo era quizá porque la ventana no estaba hecha para abrirse o porque no podía o no quería abrirla. Quizá sabía perfectamente cómo era abajo y ya no deseaba verlo. Tan bien que permanecía simple y llanamente allí encima de la lejana tierra viendo a través del vidrio nublado el cielo sin nubes. Tenue luz invariable sin par en su memoria de días y noches de antaño en los que la noche venía puntualmente a relevar al día y el día a la noche. Única luz pues apagada la suya de ahora en adelante aquélla le llegaría del exterior hasta que a su vez se apagara dejándolo en la oscuridad. Hasta que él a su vez se apague.
Una noche pues o un día sentado a su mesa con la cabeza en las manos se vio levantarse y partir. Primero levantarse sin más pegado a la mesa. Luego volver a sentarse. Luego levantarse nuevamente pegado a la mesa nuevamente. Luego partir. Comenzar a partir. Con pies invisibles comenzar a partir. A pasos tan lentos que sólo el cambio de sitio lo probaba. Como cuando desaparecía mientras aparecía nuevamente en un nuevo sitio. Luego desaparecía nuevamente mientras aparecía más tarde en un nuevo sitio nuevamente. Así iba desapareciendo cada vez mientras aparecía luego nuevamente en un nuevo sitio nuevamente. Nuevo sitio en el lugar en el que sentado a su mesa con la cabeza en las manos. Mismo sitio y misma mesa que cuando Darly murió y lo abandonó. Que cuando otros a su vez antes y después. Hasta que él por fin a su vez. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo que volviera a desaparecer que ya no reapareciera. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando ver si sí o no. Si sí o no nuevamente solo sin esperar nada nuevamente.
Visto siempre por la espalda donde quiera que fuera. Mismo sombrero y mismo abrigo que en la época de la errancia. Tierra adentro. Ahora como alguien en un sitio desconocido en busca de la salida. En las tinieblas. A ciegas en las tinieblas del día o de la noche de un sitio desconocido en busca de la salida. De una salida. Hacia la errancia de antaño. Tierra adentro.
Un reloj lejano tocaba la hora y la media. El mismo que en la época en la que Darly entre otros murió y lo abandonó. Toquidos ya claros como llevados por el viento ya apenas en tiempo sereno. También gritos ya claros ya apenas. Con la cabeza en las manos semi-deseando semi-temiendo cuando tocaba la hora que ya nunca la medía. Igual que cuando tocaba la media. Igual cuando los gritos cejaban un momento. O simplemente pidiéndoselo. O simplemente esperando. Esperando escuchar.
Hubo un tiempo en el que de tiempo en tiempo levantaba la cabeza suficientemente para ver las manos. Lo que de ellas había que ver. Una extendida en la mesa y sobre ella extendida la otra. En reposo después de todo lo que hicieron. Levantaba su finada cabeza para ver sus finadas manos. Luego la reposaba en ellas en reposo también ella. Después de todo lo que ella hizo.
Mismo sitio que aquél desde el cual cada día se iba a errar. Tierra adentro. Al que cada noche regresaba a dar vueltas en la sombra aunque pasajera de la noche. Ahora como desconocido al que vio levantarse y partir. Desaparecer y reaparecer de nuevo en un nuevo sitio. Desaparecer otra vez y aparecer otra vez en otro nuevo sitio. O en el mismo. Ningún índice de que no el mismo. Ninguna pared señal. Ninguna mesa señal. En el mismo sitio que en el que daba vueltas todo sitio como uno mismo. O en otro. Ningún índice de que no otro. Donde nunca. Levantarse y partir en el mismo sitio de siempre. Desaparecer y reaparecer en otro donde nunca. Ningún índice de que no otro donde jamás. Sólo los toquidos. Los gritos. Los mismos de siempre.
Luego tantos toquidos y gritos sin que hubiera reaparecido que quizá ya no reaparecería. Luego tantos gritos desde los últimos toquidos que quizá ya no habría. Luego tal silencio desde los últimos gritos que quizá ya no habría más. Como quizá el final. O quizá solamente un remanso. Luego todo como antes. Los toquidos y los gritos como antes y él como antes ya allí ya ausente ya allí nuevamente ya nuevamente ausente. Luego el remanso nuevamente. Luego nuevamente como antes. Así una y otra vez. Y paciencia esperando el único verdadero fin de las horas y de la pena tanto de sí como del otro es decir la suya.

Dos
Como alguien que posee toda su cabeza nuevamente fuera en fin sin saber cómo se había encontrado tan poco tiempo antes de preguntarse si poseía toda su cabeza. Pues de alguien que no posee toda su cabeza ¿se puede razonablemente afirmar que se lo pregunta y que además se encuentra bajo pena de incoherencia se obstina en este rompecabezas con todo lo que le queda de razón? Por lo tanto fue bajo la especie de un ser más o menos razonable como emergió por fin sin saber cómo en el mundo exterior y no había vivido más de seis o siete horas del reloj antes de comenzar a preguntarse si poseía toda su cabeza. Mismo reloj cuyos toquidos daban la hora y la media cuando en su reclusión y por lo tanto primero naturalmente para tranquilizarlo antes de ser finalmente una fuente de preocupación ya que no más claros ahora que cuando acallados en principio por sus cuatro paredes. Luego buscó consuelo pensando en quien al caer la noche se apresura hacia el ocaso para ver mejor a Venus y no encontró ninguno. Sucedía lo mismo con el único sonido diferente que anima su soledad el de los gritos mientras subsistía perdiendo sufrimiento a su mesa con la cabeza en las manos. Sucedía lo mismo con la procedencia de los toquidos y los gritos en tanto que tan ilocalizable al aire libre como normalmente desde el interior. Obstinándose en todo eso con todo lo que le quedaba de razón buscó consuelo pensando que su recuerdo del interior dejaba qué desear y no encontró ninguno. A su pena se agregaba su caminar silencioso como cuando descalzo recorría su suelo. Así todo oído de peor en peor hasta cejar hasta de escuchar de oír y ponerse a mirar a su alrededor. Resultado finalmente estaba en un prado lo cual por lo menos tenía la ventaja de explicar su caminar silencioso antes un poco más tarde como para excusarse de incrementar su turbación. Pues no tenía recuerdo de ningún prado desde cuyo corazón mismo no fuera visible algún límite desde el cual siempre a la vista algún lado un confín cualquiera como una cerca u otra forma de frontera que no debía franquearse. Circunstancia agravante al mirar de más cerca la hierba ésta no era de la que creía acordarse es decir verde y en la que pacían los diferentes herbívoros sino larga y de color grisáceo incluso blanca en partes. Luego buscó consuelo pensando que su recuerdo del exterior dejaba quizá qué desear y no encontró ninguno. Así todo ojos de peor en peor hasta cejar de ver de mirar alrededor de él o con atención y ponerse a pensar. Con ese fin a falta de una piedra sobre la cual sentarse como Walther y cruzar la pierna no encontró algo mejor que quedarse allí de pie inmóvil lo cual hizo después de dudarlo brevemente y por supuesto que inclinar la cabeza como alguien abismado en sus pensamientos lo cual hizo también después de dudarlo otra vez brevemente.
Pero pronto cansado de hurgar en esas ruinas retomó su paso a través de las largas pálidas hierbas resignado a ignorar dónde estaba y cómo llegó o a dónde iba y cómo regresar al sitio del cual ignoraba cómo había partido.
Así iba ignorando todo y con ningún fin a la vista. Ignorando todo y además sin deseo alguno de saber ni a decir verdad sin ninguno de ninguna clase y por consiguiente sin remordimientos tan sólo hubiera deseado que cesaran de una buena vez los toquidos y los gritos y lamentaba que no. Toquidos ya apenas ya claros como traídos por el viento pero no sopla nada y gritos ya claros ya apenas.

Tres
Así estaba antes de quedar inmóvil nuevamente cuando en sus oídos desde lo más profundo de sí oh cómo sería y aquí una palabra perdida terminar allí en donde nunca jamás. Luego largo silencio largo simplemente o tan largo que quizá ya nada y luego nuevamente desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería y aquí la palabra perdida allí donde nunca antes. En todo caso sea lo que sea lo que haya podido ser terminar y así una y otra vez acaso no estaba ya allí mismo en donde se encontraba inmóvil en el mismo sitio y doblado en dos y sin cesar en sus oídos desde lo más profundo de sí apenas un murmullo oh sería tal y así una y otra vez ¿no se encontraba ya si se da crédito a sus ojos allí donde nunca antes? Pues incluso alguien como él al encontrarse una vez en un sitio semejante ¿cómo no se hubiera estremecido al volverse a encontrar lo cual él no había hecho y habiéndose estremecido buscado consuelo pensando diciéndose que habiendo encontrado el medio de salir de ello entonces podía volverlo a encontrar para volver a salir una vez más lo cual tampoco había hecho? Allí entonces todo este tiempo en donde nunca antes y a dondequiera que buscara con los ojos ningún peligro o esperanza según el caso de salir alguna vez de allí. Era necesario pues como si nada persistiera ya en una dirección ya en otra o por el contrario ya no moverse según el caso es decir según esa palabra perdida que si resultaba negativa como desgraciado o malvenido por ejemplo entonces evidentemente a pesar de todo lo primero y en caso contrario evidentemente lo otro es decir ya no moverse. Como a título de ejemplo el lío en su mente supuestamente hasta ya nada desde lo más profundo que apenas de vez en vez oh terminar. Sin importar cómo sin importar dónde. Tiempo y pena y sí mismo por decir algo. Oh terminar todo.



Samuel Barclay Beckett (Irlanda 1906 – Francia 1989) fue un dramaturgo, novelista, crítico y poeta irlandés, uno de los más importantes representantes del experimentalismo literario del siglo XX, dentro del modernismo anglosajón. Fue igualmente figura clave del llamado teatro del absurdo, y, como tal, uno de los escritores más influyentes de su tiempo. Escribió sus libros en inglés y francés, y fue asistente y discípulo del novelista James Joyce.
Algunos de sus trabajos
Eleutheria
Esperando a Godot
Final de partida
Breath (performance, 1969)
Dream of Fair to Middling Women
Malone muere
El Innombrable
Cómo es
The End

18.8.10

Mientras me ves

Va un relato de Dafne. Autora argentina, y una de las pocas y mejores narradoras actuales. Recomiendo sus novela “Martín Descoronado” y “Solitudine”. A continuación uno de los textos que más me gustan.



Mientras me ves
por
Dafne Mociulsky

Pensaba que era por la casa. Todo indicaba serlo: cortinas color verde botella, ¿cómo ser feliz con unas cortinas tan cercanas a la muerte?, y las moscas, imposibles de evitar, ¡y hacía tanto calor!, esa casa comía sol y lo regurgitaba sobre mí toda la noche. Y ese olor a madera, penetrante, uno sentía que inhalaba astillas al respirar. Entonces me mudé, cambié de casa, de barrio y de mundo.
Mi vida es un tanto complicada ahora. Un señor viene a mi pieza todas las mañanas a despertarme. Nada es agradable antes del desayuno, suelo reaccionar de mal humor cuando oigo el chirriar de la puerta, la suela del zapato, percibo el movimiento circular, ¡no es necesario que gire sobre sí mismo para cerrar la puerta!, podría dar un paso y no hacerse el pintoresco; nunca logro despertar a tiempo para verlo.
Cuando abro los ojos ya está acomodando el caballete. Duermo desnuda especialmente para él, sino seguiría usando el camisón de mi abuela, que es tan suave y viejo al tacto.
En esta casa hay palomas y la cocina es grande, las cortinas son amarillas y el sol pasa más desapercibido. El señor que me pinta se llama Horacio. Tiene una verruga muy grande en la cara, de color marrón oscuro. A veces me habla un poquito. Durante las primeras semanas quise entablar relaciones amistosas con un gato, pero me tenía miedo, parece que veía algo muy malo en mí. Era quizás mi soledad productiva. Siempre estoy buscando algo mejor.
El Señor Horacio me está pintando con una pierna mutilada. Me veo muy real, así me vería si me cortaran una pierna. No tengo novio, nunca tuve uno de verdad. El contacto con el hombre... no sé, es como una alergia. Supuse que el hecho de dejarme pintar desnuda y mutilada sería terapéutico de alguna manera.
La casa de antes era fea, pero tenía algo que me gustaba: el hombre. Acá no tengo a nadie, y al Señor Horacio no puedo verlo con ganas de jugar el jueguito, por otro lado, creo que me ve como un objeto, según sus ganas debe darle lo mismo plasmarme a mí o a una manzana podrida en un cuadro. Estoy acostumbrada a esta condición, mi ex era fotógrafo, digo era porque lo maté.
“¿Le falta mucho, Horacio?” “No”, me contesta, invariablemente, ¿qué le pasa?, ¿acaso no se da cuenta, no se nota demasiado que estoy sola y no tengo con quien hablar?, necesito vaciar este subconsciente, como cualquier hijo de vecino, después de todo soy una chica sufrida, hija de padres sufridos. No había nada en mi casa cuando era chiquita.
“Mire, Horacio, apure, ¿cómo quiere que se lo diga?, ¿tengo que ser más directa?, quiero hacer caca.” “Un minuto, por favor.” qué egoísta que es. Me hace acordar un poco a mi ex, pobre.
No teníamos muchas cosas en común. No puedo concentrarme - "¡Horacio, dele!”- este tipo no se da cuenta de nada, me estoy contracturando. ¿Quién dijo que está bueno este laburo?, modelo vivo, bah, es bastante molesto. Si no me concentro en mis pensamientos me vuelvo loca de tedio. Mi ex jugaba al tenis y yo tomaba cerveza todo el día en la esquina con los muchachos, es que no sabía qué hacer con el tiempo, se me resbalaba hasta la hora del crepúsculo, cuando él llegaba y yo ya estaba ebria. Entonces teníamos muy rico sexo. Lo extraño, hace más de un año que murió.
En esta casa se oyen todas las conversaciones de la casa de al lado; le están enseñando a hablar a la beba, es un suplicio, cada casa trae consigo el ying y el yang.
Me aburro. “¡Basta Horacio!, me voy a hacer encima.” “Es un minutito, por favor”. Dios me libre y me guarde, ¿tendrá mujer este adefesio?, si es así debe padecerlo mucho. Todos los hombres son un cáncer, en mayor o menor medida, de una u otra manera, y lo peor es que esto es recíproco. El hombre y la mujer se enferman mutuamente hasta que encuentran un verdadero amor. Yo espero encontrarlo algún día. Con Omar casi llegué a creerlo. Estábamos construyendo algo que funcionaba en su estilo. No hablábamos mucho. Era extremadamente acomplejado y tímido, como si el tamaño de su pene fuera un reflejo de todo su ser y viceversa. A mí no me molestaba nada de su persona, es decir, el amor de mi vida podría ser cualquiera, no deseo nada en especial, yo nunca pude afirmar me gustan los rubios o los morochos, o los prefiero lampiños o con pelos en el pecho, o me gustan los tímidos o los extrovertidos. Omar no era mi novio. Lo conocí por un aviso publicado en el diario "Busco persona para compartir gastos de alquiler". En aquel entonces yo andaba dando vueltas, rebotando con mi bolsito de aquí para allá, sobreviviendo con la compra – venta de bagatelas. La primera impresión que tuve de la casa fue nefasta, sin embargo él, ¿cómo explicarlo?, sentí que debía ayudarlo, y así lo hice. “Horacio, ¿puedo hablarle?, así me distraigo de las ganas de ir al baño.” “Pero no me cuente cosas que le cambien la expresión, que estoy trabajando en eso.”
“Es que estoy pensando mucho en él. Todas las mujeres tenemos un él. ¡No se quede callado!, opine, por favor.”
“Bueno, cuénteme la historia si eso la relaja, pero le suplico que no me frunza el entrecejo.”
“Omar era fotógrafo…” No puedo seguir, es tan obvio que no le interesa. Y tengo tanto que contar, tanto amor que se me pudre en el corazón. Cómo quisiera poder abrazar a alguien, coserme a la piel de otro, para que no se me escape. Tendría que aprender a controlar mi mente, claro, ser más femenina y silenciosa, dejar de vomitar mis historietas en oídos ajenos, ¡tendría que borrarme para luego redibujarme y rescribirme!, y sería muy bueno, valdría la pena. Y estoy dispuesta a hacerlo por el primer transeúnte que camine por mi telaraña. Omar no me entendía, tampoco lo intentaba. La falta de comunicación era un problema, y no era mi culpa, ¡es que no me registraba cuando le hablaba!, si me hubiera prestado atención cuando le dije: “En la botella de coca puse el veneno para las cucarachas”, ahora no estaría muerto.
La casa se volvió más fea que de costumbre sin él. Comencé a sentirme muy incómoda. Ahora, que estoy en esta casa acogedora y linda, descubro otras cosas. Al notar que el nivel de soledad es tan alto y no desciende desde que estoy acá, intenté hacer meditación. Es imposible, cada vez que quiero concentrarme en los mantras me pica algo, siempre. Entonces comprendí la relación con el cuerpo. Este cuerpo me es incómodo, desparejo con mi mente. Arrastro esta piel por la vida como un par de zapatos que sacan ampollas en los tobillos. Y soy linda, razón por la cual a veces no me escuchan y sólo me miran. No debería ser linda, ni flaca. Me arrebujo dentro de mis dimensiones sin descanso y los cambios de casa no pueden menguar este desconsuelo.
“¿Y, Horacio?”
“Ya está.”
¡Qué real me veo!, ¡y qué bien!, estoy mejor ahí que acá, es como si me sobrara una pierna de este lado del plano.



Dafne Mociulsky, Buenos Aires 1/5/78. El hecho de mudarse de casa y de barrio más de veinte veces la volvió adaptable, sociable e inestable. Nunca terminó una carrera, pero estudió algo de Filosofía de Oriente y Occidente en la Fundación Hastinapura (2001-2002), Cine Documental en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo (2004-2005) y cursos de teatro, clown y mimo. En 1997, a los 19 años, publica su primer libro "LA ESCALERA", cuentos breves (Manrique Zago Ediciones). Luego pasan algunos años en los que publica de vez en cuando algunos cuentos en pequeñas revistas pero se dedica a escribir y a leer compulsivamente. Recién en el año 2005 descubre maneras artesanales para realizar sus propias publicaciones, así nace DUNIASHKA EDICIONES, que no es más que ella misma. Bajo su propio sello edita: "TRILOGÍA" - cuentos, 2005; "LA OFRENDA INNECESARIA"- poemas, 2006; "MIEDO ROTO", novela, 2007. Con la editorial EL ASUNTO publica: "MARTIN DESCORONADO", novela, 2007; "EN EL CAJON DE LA MESITA DE LUZ", nouvelle, 2007. Con ALTERARTE STUDIOS (eitorial dedicada a la distribución en trenes) publica: "ANECDOTARIO DE SERES DESMONTABLES, VOL. 1", cuentos, 2008. Con EN EL AURA DEL SAUCE publica: "SOLITÙDINE", novela 2008 y "MIENTRAS ME VES" cuentos, 2009. Con NO HAY VERGUENZA EDCIONES publica "RELOJES, PERROS, GASES, GATOS Y UN GALLO", nouvelle, 2009. Y, finalmente hasta ahora, con el proyecto Pandilla de escritores ambulantes "CÓCTEL MOLOTOV" publica "¡CALLÁTE!", novela, 2009. Participó en el CD LAS CHICAS DE AHORA LO HACEN ORAL (Zediciones, Mendoza 2010) Disco de audio-textos de narradoras y poetas argentinas.
Forma parte activa del colectivo cultural FLIA (Feria del Libro Independiente y A) desde el inicio de su formación. Cuando puede, Dafne, viaja por el interior de su país y Latinoamérica distribuyendo su obra.

17.8.10

Fin del mundo fin

Va un texto de Julio Cortázar, uno de mis autores referente y que admiro mucho. Su novela “Rayuela” me pegó muy fuerte cuando la leí hace algunos años y volvió a conmoverme meses atrás cuando la repasé para preparar algunos encuentros para un taller de literatura. Estoy digitalizando uno de los mejores cuentos de horror que he leído, texto de Cortázar, que lo subiré la semana próxima. Entre tanto va este texto.

Fin del mundo fin
por
Julio Cortázar

Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de las casas, entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros, las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones, y los impresores llegan ya a orillas del mar. El presidente de la república habla por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios etcétera. Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo, y que en el fondo del mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente aunque viscoso que sube diariamente algunos metros y que terminar por llegar a la superficie. Entonces muchas aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas, presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que antes, o busca reposo mezclándose con los impresos para formar la pasta aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos donde orquestas típicas y características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz etcétera; al terminarse el papel escriben en tablas y baldosas etcétera. Empieza a difundirse la costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelíneas, o se borra con hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos o sea los transatlánticos donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas, y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente, y de capitán a capitán.


Julio Cortázar fue un escritor, traductor e intelectual argentino. Nació con el nombre de Jules Florencio Cortázar en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914 y falleció en París (Francia) el 12 de febrero de 1984. Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe, y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica pocas veces vista hasta entonces.
Algunos de sus libros
La otra orilla
Bestiario
Final del juego
Historias de cronopios y de famas,
El perseguidor
Los premios
Rayuela
62/modelo para armar
Libro de Manuel
Divertimento

16.8.10

Balada del burgués que cuida su negocio

En lunes, un texto breve de Juan Filloy, autor muy interesante para redescubrir (o descubrir). Va el cuento…



Balada del burgués que cuida su negocio
por
Juan Filloy

Entonces el patrón fue y dijo: - María: lamento despedirla. Usted es la mejor tejedora del taller. Pero los negocios son los negocios. Es usted demasiado lerda. En cada punto ahoga una lágrima. En cada lacito ahorca un suspiro. Usted teje con angustia punzante en vez de aguja. ¡Así pierdo plata! La gente no entiende nada de escarpines, bombachas o corpiños sentimentales. Bien está despedida. Cuando teja sin nostalgias de madre puede volver al trabajo.


Juan Filloy (Argentina 1894 – 2000) escritor argentino. Fue importante fuente de inspiración para otros escritores como Julio Cortázar, quien se refiere a su obra en Rayuela y en La vuelta al día en ochenta mundos. Respecto de Filloy, el escritor y crítico mexicano Alfonso Reyes Ochoa sostuvo que era "el progenitor de una nueva literatura americana". Su obra se caracteriza principalmente por una crítica a las costumbres humanas, crítica efectuada mediante el humor recurriendo frecuentemente a la parodia y a la ironía.
Algunos de sus libros
Periplo
¡Estafen!
Ignitus
Yo, yo y yo
Los Ochoa
Mujeres
La purga
Sexamor
Sonetos
Decio 8A

15.8.10

El carrito

Va un relato de Aira, autor que no es de mis preferidos, aun así hay varios textos suyos que me gustan, “el carrito” de César a continuación…


El carrito
por
César Aira

Uno de los carritos de un gran supermercado del barrio donde yo vivía rodaba solo, sin que nadie lo empujara. Era un carrito igual que todos los otros: de alambre grueso, con cuatro rueditas de goma (las de adelante un poco más juntas que las de atrás, lo que le daba su forma característica) y un caño cubierto de plástico rojo brillante desde el que se lo manejaba. Tan igual era a todos los demás que no se lo distinguía por nada. Era un supermercado enorme, el más grande del barrio, y el más concurrido, así que tenía más de doscientos carritos. Pero el que digo era el único que se movía por sí mismo. Lo hacía con infinita discreción: en el vértigo que dominaba el establecimiento desde que abría hasta que cerraba, y no hablemos de las horas pico, su movimiento pasaba inadvertido. Lo usaban como a todos los demás, lo cargaban de comida, bebidas y artículos de limpieza, lo descargaban en las cajas, lo empujaban de prisa de góndola en góndola, y si en algún momento lo soltaban y lo veían deslizarse un milímetro o dos, creían que era por la inercia.
Solamente de noche, en la calma tan extraña de ese lugar atareadísimo, se hacía perceptible el prodigio, pero no había nadie para admirarlo. Apenas si de vez en cuando algún repositor, de los que empezaban su trabajo al amanecer, se sorprendía de encontrarlo perdido allá en el fondo, junto a la heladera de los supercongelados o entre las oscuras estanterías de los vinos. Y suponían, naturalmente, que se lo habían dejado olvidado allí la noche anterior. El super era tan grande y laberíntico que no tenía nada de raro, ese olvido. Si en esa ocasión, al encontrarlo, lo veían avanzar, y si es que notaban ese avance, que eran tan poco notable como el del minutero de un reloj, se lo explicaban pensando en un desnivel del piso o en una corriente de aire.
En realidad, el carrito se había pasado la noche dando vueltas por los pasillos entre las góndolas, lento y silencioso como un astro, sin tropezar nunca, y sin detenerse. Recorría su dominio, misterioso, inexplicable, su esencia milagrosa disimulada en la trivialidad de un carrito de supermercado como todos.
Tanto los empleados como los clientes estaban demasiado ocupados para apreciar este fenómeno secreto, que por lo demás no afectaba a nadie ni a nada. Yo fui el único en descubrirlo, creo. O más bien, estoy seguro: la atención es un bien escaso entre los humanos, y en este asunto se necesitaba mucha. No se lo dije a nadie, porque se parecía demasiado a una de esas fantasías que se me suelen ocurrir, que me han hecho fama de loco. De tantos años de ir a hacer las compras a ese lugar, aprendí a reconocerlo, a mi carrito, por una pequeña muesca que tenía en la barra; salvo que no tenía que mirar la muesca, porque ya de lejos algo me indicaba que era él. Un soplo de alegría y confianza me recorría al identificarlo.
Lo consideraba una especie de amigo, un objeto amigo, quizás porque en la naturaleza inerte de la cosa el carrito había incorporado ese temblor mínimo de vida a partir del cual todas las fantasías se hacían posibles. Quizás, en un rincón de mi subconciente, le estaba agradecido por su diferencia con todos los demás carritos del mundo civilizado, y por habérmela revelado a mí y a nadie más. Me gustaba imaginármelo en la soledad y el silencio de la medianoche, rodando lentísimo en la penumbra, como un pequeño barco agujereado que partía en busca de aventuras, de conocimiento, de amor (¿por qué no?). ¿Pero qué iba a encontrar, en ese banal paisaje, que era todo su mundo, de lácteos y verduras y fideos y gaseosas y latas de arvejas?
Y aún así no perdía la esperanza, y reanudaba sus navegaciones, o mejor dicho no las interrumpía nunca, como el que sabe que todo es en vano y aun así insiste. Insiste porque confía en la transformación de la vulgaridad cotidiana en sueño y portento. Creo que me identificaba con él, y creo que por esa identificación lo había descubierto. Es paradójico, pero yo que me siento tan lejos y tan distinto de mis colegas escritores, me sentía cerca de un carrito de supermercado. Hasta nuestras respectivas técnicas se parecían: el avance imperceptible que lleva lejos, la restricción a un horizonte limitado, la temática urbana. Él lo hacía mejor: era más secreto, más radical, más desinteresado.
Con estos antecedentes, podrá imaginarse mi sorpresa cuando lo oí hablar, o, para ser más preciso, cuando oí lo que dijo. Habría esperado cualquier cosa antes que su declaración. Sus palabras me atravesaron como una lanza de hielo y me hicieron reconsiderar toda la situación, empezando por la simpatía que me unía al carrito, y hasta la simpatía que me unía a mí mismo, o más en general la simpatía por el milagro.
El hecho de que hablara no me sorprendió en sí mismo, porque lo esperaba. De pronto sentí que nuestra relación había madurado hasta el nivel del signo lingüístico. Supe que había llegado el momento de que me dijera algo (por ejemplo que me admiraba y me quería y que estaba de mi parte), y me incliné a su lado simulando atarme los cordones de los zapatos, de modo de poner la oreja contra el enrejado de alambre de su costado, y entonces pude oír su voz, en un susurro que venía del reverso del mundo y aun así sonaba perfectamente claro y articulado:
–Yo soy el Mal.


César Aira (Argentina, 1949) es un escritor y traductor argentino. Ha publicado más de sesenta obras, sobre todo novelas cortas, desde 1991 publica anualmente de dos a cuatro libros de cerca de cien páginas de extensión.
Algunos de sus trabajos
Moreira
Ema, la cautiva
Canto castrato
Una novela china
Cómo me hice monja
Los misterios de Rosario
Las curas milagrosas del Dr. Aira
El juego de los mundos
Un episodio en la vida del pintor viajero
Las noches de Flores
Haikus
Las aventuras de Barbaverde
La confesion