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2.9.10

El preceptor filósofo

Jueves y buen día para un texto de Sade, del Divino Marqués va este breve cuento, entonces…



El preceptor filósofo
por
Marqués de Sade


De todas las ciencias que se inculcan a un niño cuando se trabaja en su educación, los misterios del cristianismo, aun siendo sin duda una de las materias más sublimes de esta educación, no son, sin embargo, las que se introducen con mayor facilidad en su joven espíritu. Persuadir, por ejemplo, a un muchacho de catorce o quince años de que Dios padre y Dios hijo no son sino uno, que el hijo es consustancial a su padre y que el padre lo es al hijo, etc., todo esto, por necesario que sea no obstante para la felicidad de la vida es más difícil de hacer comprender que el álgebra y cuando se quiere tener éxito, uno se ve obligado a emplear ciertas equivalencias físicas, ciertas explicaciones materiales que, por desproporcionadas que sean, facilitan, sin embargo, a un muchacho la comprensión de la misteriosa materia.
Nadie estaba tan plenamente convencido de este método como el padre Du Parquet, preceptor del condesito de Nerceuil, que tenía unos quince años de edad y el rostro más hermoso que fuera posible contemplar.
- Padre -decía día tras día el joven conde a su preceptor-, de verdad que la consustancialidad está por encima de mis fuerzas, me es absolutamente imposible concebir que dos personas puedan convertirse en una sola: aclaradme ese misterio, os lo suplico, o ponedlo al menos a mi alcance.
El virtuoso eclesiástico, deseoso de tener éxito en su educación, contento de poder facilitar a su discípulo todo aquello que un día pudiera hacer de él un hombre de provecho, ideó un procedimiento bastante satisfactorio para allanar las dificultades que hacían cavilar al conde, y este procedimiento, tomado de la naturaleza necesariamente, tenía que resultar bien. Hizo venir a su casa a una jovencita de trece a catorce años y tras asesorarla convenientemente la unió a su joven discípulo.
Y bien -le pregunta-, amigo mío, ¿entendéis ahora el misterio de la consubstancialidad? ¿Comprendéis ya con menos dificultad que es posible que dos personas se conviertan en una sola?
-Oh, Dios mío, claro que sí, padre -responde el encantador energúmeno-; ahora lo entiendo todo con una facilidad sorprendente. No me extraña que ese misterio constituya, según se dice, toda la alegría de los seres celestiales, pues es agradabilísimo divertirse haciendo de dos uno solo.
Algunos días más tarde el joven conde rogó a su preceptor que le diera otra lección, pues pretendía que había aún algo en el misterio que no comprendía bien y que no podría explicarse más que celebrándolo una vez más en la forma en que ya lo había hecho. El complaciente clérigo, a quien esta escena divertía probablemente tanto como a su alumno, hace volver a la muchachita y la lección vuelve a empezar, pero esta vez el clérigo, singularmente emocionado por el delicioso panorama que ofrecía a sus ojos el guapo muchacho de Nerceuil consubstanciándose con su compañera, no pudo resistirse a intervenir en la explicación de la parábola evangélica y las bellezas que con ese motivo recorren sus manos acaban por inflamarle totalmente.
Me parece que esto va demasiado de prisa -exclama Du Parquet, agarrando al condesito por la cintura-, excesiva elasticidad en los movimientos, por lo que resulta que no siendo tan íntima la conjunción no refleja adecuadamente la imagen del misterio que hay que demostrar aquí... Si nos ponemos, exactos de esta forma -prosigue el pícaro, obsequiando a su joven discípulo con lo mismo que éste ofrece a la muchacha.
¡Ah! Dios mío, ¡que me hacéis daño, padre! -exclama el muchacho-. Y además esta ceremonia me parece inútil. ¿Qué otra cosa me enseña sobre el misterio?
-¡Oh diablos! -contesta el eclesiástico, balbuceando de placer-. ¿Pero no ves, amigo mío, que te lo enseño todo de una vez? Esto es la Trinidad, hijo mío… Hoy te estoy explicando la Trinidad, cinco o seis lecciones más y serás doctor de la Sorbona.


Donatien Alphonse François de Sade (Frnacia 1740 – 1814), conocido por su título de Marqués de Sade, fue un escritor francés, autor de Justine o los infortunios de la virtud, Historia de Aline y Valcour y otras numerosas novelas, cuentos y piezas de teatro. También le son atribuidas Los 120 días de Sodoma, La filosofía en el tocador, La nueva Justine y Juliette. En sus obras son característicos los antihéroes, protagonistas de las más aberrantes violaciones y de disertaciones en las que, mediante sofismas, justifican cínicamente sus actos.
Fue encarcelado por el absolutismo, por la asamblea revolucionaria y por el régimen napoleónico, pasando 30 años encerrado en diferentes fortalezas y manicomios. También figuró en las listas de la guillotina.
Protagonizó varios incidentes que se convirtieron en grandes escándalos. En vida, y después de muerto, le han perseguido numerosas leyendas.
A su muerte era conocido como el autor de la infame novela "Justine". Novela por la que pasó los últimos años de su vida encerrado en el manicomio de Charenton y que fue prohibida; pero que circuló clandestinamente durante todo el siglo XIX y mitad del siglo XX, influyendo en diferentes novelistas y poetas, como Flaubert, que en privado lo llamaba "el gran Sade", Dostoyevsky, Apollinaire, que rescata su obra del "infierno" de la Biblioteca Nacional de París, o Rimbaud. Breton y los surrealistas lo proclamaron "el Divino Marqués". Y aún hoy su obra despierta los mayores elogios y las mayores repulsas. Georges Bataille, entre otros, calificó su obra como "apología del crimen".
Algunos de sus trabajos
Cuentos, historietas y fábulas
Diálogo entre un sacerdote y un moribundo
Las ciento veinte jornadas de Sodoma o La escuela del libertinaje
Aline y Valcour o La novela filosófica
Justina o los infortunios de la virtud
La filosofía en el tocador
La nueva Justina
Los crímenes del amor
Adelaida de Brunswick, princesa de Sajonia

1.9.10

La ventana abierta

Saki es un autor que cuando lo he leído me ha sugerido mucho más de lo que realmente estaba ahí leyendo. Hay cosas muy interesantes y otras que siquiera recuerdo, de todas maneras va un breve texto del autor británico mientras afuera tras la puertaventana comienza a llover acá en Mendoza.

La ventana abierta
por
Saki


Mi tía bajará dentro de un momento, Sr. Nuttel – dijo una niña de 15 años muy dueña de si-. Mientras tanto le tocará conformarse conmigo.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara apropiadamente a la sobrina presente sin descartar de modo desconsiderado a la tía por venir. Personalmente dudaba más que nunca de que esas visitas formales a una serie de personas completamente extrañas sirvieran mayor cosa para ayudar a la cura de nervios que, según se suponía, estaba siguiendo.
- Yo sé qué va a pasar – le dijo su hermana cuando él se estaba preparando para emigrar a ese retiro rural -; te vas a enterrar allá abajo sin hablar con un ser viviente, y con el atontamiento vas a tener los nervios peor que nunca. Te voy a dar cartas de presentación para todas las personas que conozco allá. Algunas hasta donde me acuerdo, eran muy agradables.
Framton se preguntaba si la Sra. Sappleton, a quien le traía una de las cartas de presentación, entraría en el departamento de las agradables.
- ¿Conoce mucha gente de por aquí? – le preguntó la sobrina cuando le pareció que ya habían tenido suficiente comunicación silenciosa.
- Casi a nadie – dijo Framton – mi hermana estuvo aquí en la parroquia, como sabe, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para la gente del lugar. Dijo esto último en un tono evidente de excusa.
- ¿Entonces, prácticamente no sabe nada de mi tía? – continuó la segura jovencita.
- Sólo su nombre y dirección – admitió el visitante. No sabía si la señora Sappleton era casada o viuda. Algo indefinible en la habitación parecía sugerir la idea de que allí viviera un hombre.
- Su gran tragedia ocurrió apenas hace tres años – dijo la niña -, eso fue después de la época en que estaba su hermana.
- ¿Su tragedia? – preguntó Framton; le parecía de algún modo que encontrar tragedias en esa región de descanso estaba fuera de lugar.
- Usted se preguntará, tal vez, por qué mantenemos esa ventana abierta de par en par, en una tarde de octubre – dijo la sobrina, indicando una gran puerta ventana que se abría sobre un prado.
- Hace mucho calor para esta época del año – dijo Framton -; ¿pero esa ventana tiene algo que ver con la tragedia?
- Por esa puertaventana, hace exactamente tres años, salieron el marido y los dos hermanos menores de mi tía, para su sesión de tiro del día. Jamás volvieron. Al cruzar el pantano para ir a su lugar favorito para tirarle a las becadas, a los tres se los tragó un fangal traicionero. Había sido un verano húmedo espantoso y pedazos de terreno que otros años habían sido seguros, se hundían sin saber a qué horas. Sus cuerpos nunca se recobraron. Eso fue lo peor de todo. – aquí la voz de la niña perdió su entonación segura y se quebró de modo muy humano -. La pobre tía piensa que volverán algún día, ellos y el perrito de cacería que se hundió con ellos, y que van a volver a entrar por esa puerta como siempre lo hacen. Por eso es que se deja abierta la puertaventana todas las tardes hasta cuando ya está completamente oscuro. La pobre tía me ha dicho muchas veces cómo salieron, su esposo con su chaqueta impermeable blanca en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando “¿Bertie, por qué brincas?” como siempre lo hacía, en broma porque ella decía que la canción le ponía los nervios de punta. ¿Sabe una cosa?, a veces en tardes tranquilas como esta tengo la idea soterrada de que van a entrar por esa puerta ventana...
Terminó con un ligero estremecimiento. Para Framton fue un alivio ver entrar a la tía con un millón de excusas por demorarse tanto en aparecer.
- Espero que Vera lo haya estado entreteniendo – dijo.
- Me ha dicho cosas muy interesantes – dijo Framton.
- Ojalá no le moleste la ventana abierta – dijo la señora Sappleton en tono ligero -, mi marido y mis hermanos ya regresan de su cacería, y siempre entran por allí. Hoy han estado cazando becadas en los pantanos, de modo que me van a volver un asco mis pobres tapetes. Como siempre los hombres, ¿cierto?.
Charló alegremente sobre la cacería y la escasez de aves, y sobre la esperanza de patos en el invierno. A Framton, todo eso la parecía el horror puro. Hizo un esfuerzo desesperado pero no completamente exitoso para llevar la conversación a un tema menos espantoso; se daba cuenta de que la dueña de casa le prestaba apenas un fragmento de su atención, y de que sus ojos constantemente miraban más allá de él hacia la ventana abierta y el prado que estaba detrás. Era una coincidencia verdaderamente desgraciada que él estuviera haciendo su visita en ese trágico aniversario.
- Los médicos están de acuerdo en aconsejarme completo reposo, abstenerme de excitaciones mentales y evitar cualquier clase de ejercicio violento – anunció Framton, quien partía de la base de esa ilusión bastante difundida, según la cual los complementos extraños y las amistades casuales están hambrientas de conocer, hasta el más insignificante detalle, las enfermedades de que uno sufre, sus causas y su manera de curarse -. En materia de dietas no están tan de acuerdo – prosiguió.
- ¿No? – dijo la señora Sappleton, en una voz que fue reemplazada por un bostezo en el último momento. Luego, de pronto, puso evidente atención pero no a lo que estaba diciendo Framton.
- ¡Por fin llegaron! – exclamó -. ¡apenas a tiempo para el té, y no parecen venir embarrados hasta las cejas!.
Framton, un poco trémulo, se volvió hacia la sobrina con una mirada que pretendía llevarle su piadosa comprensión. La niña miraba a través de la ventana abierta con ofuscación y horror en los ojos. Con un escalofrío de miedo innombrable, Framton se dio vuelta en su asiento y miró en la misma dirección.
En la creciente penumbra tres figuras atravesaban el prado hacia la puertaventana, todos llevaban escopetas bajo el brazo, y uno de ellos, además, llevaba una chaqueta blanca colgando de los hombros. Un cansado perro de cacería castaño los seguía pegado a sus talones. Se acercaban a la casa sin hacer ruido, y de pronto una voz ronca y juvenil comenzó a cantar desde la sombra: “Te lo dije Bertie, ¿por qué brincas así?”. Framton agarró desesperadamente su bastón y su sombrero, apenas si notó la puerta del salón, la entrada de gravilla, y la puerta del frente en su retirada a la carrera. Un ciclista que venía por el camino tuvo que estrellarse con seto para evitar atropellarlo.
- Aquí estamos, querida – dijo el que llevaba la chaqueta blanca al entrar por la puertaventana -; había bastante barro, pero la mayor parte está seca. ¿Quién era ese que salió corriendo apenas entramos?
- Un hombre sumamente extraño, un tal señor Nuttel – dijo la señora Sappleton -; no podía hablar sino de sus enfermedades, y salió corriendo sin decir una palabra para despedirse o excusarse cuando ustedes llegaron. Parecía que hubiera visto un fantasma. – Yo creo que fue el perro – dijo la sobrina tranquilamente -; me contó que les tenía terror a los perros. Una vez lo persiguió una manada de perros parias hasta un cementerio a orillas del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién abierta con los perros gruñendo y mostrándole los dientes o los hocicos llenos de espuma muy cerca de su cabeza. Lo suficiente para acobardar a cualquiera.
La novela improvisada era la especialidad de la niña.


Hector Hugh Munro quien usaba el pseudónimo literario de Saki (Birmania 1870 - Francia 1916), fue cuentista, novelista y dramaturgo británico. Sus agudos y, en ocasiones, macabros cuentos recrearon irónicamente la sociedad y la cultura victorianas en que vivió.
Algunos de sus trabajos
El contador de cuentos
Cuentos de humor y de horror
Animales y más que animales
Crónicas de Clovis
Juguetes de paz/El huevo cuadrado

31.8.10

La grulla agradecida

Voy con un breve cuento antiguo japonés, la historia de la grulla a continuación…


La grulla agradecida
Anónimo



Erase una vez había un joven que vivía solo en una casita al lado del bosque. De regreso a casa durante un día de invierno bastante nevoso, oyó un ruido extraño. Se puso a caminar hacia un campo lejano de donde venía el sonido, y allí descubrió una grulla tumbada sobre la nieve llorando de dolor. Una flecha incada en la ala tenía, pero el joven, muy cariñoso, se la quitó con mucho cuidado. El pájaro, ya libre, voló hacia el cielo y desapareció.
El hombre volvió a casa. Su vida era muy pobre. Nadie le visitaba, pero esa noche a la puerta sonó un frap-frap-frap. "¿Quién será, a esta hora y en tanta nieve?" pensó él. ¡Qué sorpresa al abrir la puerta y ver a una mujer joven y bonita! Ella le dijo que no podía encontrar su camino por la nieve, y le pidió dejarla descansar en su casa, para lo cual él fue muy dispuesto. Se quedó hasta el amanecer, y también el día siguiente.
Tan dulce y humilde era la mujer que el joven se enamoró y le pidió ser su esposa. Se casaron, y a pesar de su pobreza, se sentían alegres. Hasta los vecinos se alegraban de verlos tan contentos. Pero el tiempo vuela y pronto llegó otro invierno. Se quedaron sin dinero y comida, tan pobres como siempre.
Un día, para poder ayudar un poco, la mujer joven decidió hacer un tejido y su marido le construyó un telar detrás de la casa. Antes de empezar su trabajo ella pidió a su marido prometerla nunca entrar al cuarto. El lo prometió. Tres días y tres noches trabajó ella sin parar y sin salir del cuarto. Casi muerta parecía cuando la mujer joven por fin salió, pero a su marido le presentó un tejido hermoso. El lo vendió y consiguió un buen precio.
El dinero les duró bastante tiempo pero cuando se acabo todavía seguía el invierno. Ya que, otra vez se puso a tejer la mujer joven, y otra vez su marido le prometió no entrar al cuarto. Fueron no tres sino cuatro días cuando ella, viéndose peor que la vez siguiente, salió del cuarto y le dio a su marido un tejido de tan gran maravilla que, al venderlo en el pueblo, consiguieron dinero suficiente para dos inviernos duros.
Más seguros para el futuro que nunca, desafortunadamente el hombre se hizo avaro. Tormentazo, tanto por el deseo de ser rico como por los vecinos siempre preguntándole que cómo se podía tejer sin comprar hilo, el joven le pidió a su señora hacer otro tejido. Ella pensaba que tenían bastante dinero y que no había necesidad, pero el avaricioso no dejaba de insistir. Puesto que, después de recordarle a su marido la promesa, la mujer se metió en el cuarto a trabajar.
Esta vez la curiosidad no le dejaba al hombre en paz. Ignorando su promesa, fue al cuarto donde su señora trabajaba y abrió un poquito la puerta. La sorpresa de lo que vio le hizo escapar un grito. Manejando el telar estaba no su señora sino un pájaro hermoso, cual de las plumas que se iba arrancando de su propio cuerpo hacia un tejido igualmente hermoso. Cuando el pájaro, al oírle gritar, se dio cuenta de que alguien la miraba dejó de trabajar y de repente su forma se convirtió a la de la mujer joven.
Entonces, ella le explicó su historia, que ella era esa grulla cual él ayudó y que, agradecida, se convirtió a mujer, y que empezó a tejer para ayudarle no ser pobre, esto a pesar del sacrificio que tejer con las plumas de su propio cuerpo le costaba. Pero, ahora que él sabía su secreto, tendrían que dejar de ser juntos. Al oír esto, el prometió que la quería más que todo el dinero del mundo, pero ya no había remedio. Cuando acabó su historia, ella se convirtió a grulla y voló hacia el cielo.

30.8.10

Pequeñas delicias de pensamiento a propósito de la torpe y supuesta incursión de un tal Pedro en la nigromancia

Texto inédito de María García a continuación. Se trata de un cuento de terror producto inmediato de las andanazas de la prolífica autora mendocina por las sesiones de It’s alive, encuentros sobre cuentos de horror por estos pagos que coordiné por fines de 2008. Va este cuento, mientras esperamos de este lado las reediciones de sus libros “Un sexo, el sexo” y “Fantasticario”


Pequeñas delicias de pensamiento a propósito de la torpe y supuesta incursión de un tal Pedro en la nigromancia
por
María García


Velas, grimorio, luna llena, ayuno. Los signos exteriores de la determinación al objetivo por medios ajenos al diario y común tráfico de causas y consecuencias.
Un gallo tricolor, su muerte, su sangre vertida, el arroyo funesto engolosinando su glotis, paladar, esófago y toda la ristra de órganos digestivos. Tal la secuencia que aprovecharía el cosmos para modificar el sino, variar imperceptiblemente el recorrido de los astros allá arriba, modificar los hechos acá abajo, cambiar de una vez y para siempre el curso de un puñado de naturalezas.
La mañana, la siesta, la tarde, el ocaso y finalmente la noche del día previsto, a Pedro, el ser sustituible por antonomasia, le pasó no diez sino veinte veces por la cabeza abandonar el plan que según él, le daría la victoria a su equipo, el ascenso a la B nacional, la tan ansiada cumbre con la que dos generaciones habían estado soñando despiertos y hasta dormidos.
Pero un plan es una ordenación consciente y determinada, es un intento de manipulación deliberada del azar, capaz de dar frutos y frutos de la mejor pulpa hasta hartarse uno de la semilla que dio lugar al tallo del cual salieron las primeras tiernas hojas que con su fotosíntesis fortalecieron al tronco que se bifurcó en rudas ramas con las que flores ornamentaron sus linderos y precedieron la llegada del fruto de la planta de la semilla de la tierra que dio frutos, frutos y frutos como el mejor de los planes.
Un plan es lo mejor que una persona puede tener pero aquí, amigos, es donde lo peor que puede pasar encuentra la grieta exacta para introducir la cuña infausta.
Es aquí donde las Tres Desgracias juegan a los dados para determinar su entrada en este mundo de canallas, ladrones y asesinos desde los imperceptibles mundos desde el inicio del tiempo, desde el confín del fin mismo y hasta las manos Dolor, Soledad y Muerte hacen del dado un juego pero reparten por igual mientras se entretienen impostando clemencia para unos pocos afortunados en rocíos de polvo vespertino que suele llevarse el viento hacia ningún lugar conocido. Oh Fortuna, estás con los dedos marcados y lubricados de hiel a veces no perdonan lo que tocan y digitan los hilos inversos de la mesa de las Desgracias, que se consideran Tres, pero que algunos creen se trate de Una Sola. ¡Oh diosa Fortuna!
Velas, grimorio, luna llena, ayuno, yerba con flor de la propia cosecha, inexperto corazón agitado, mente confusa, Pedro, el ser sustituible por antonomasia, un deseo epidérmico, una jactancia vana.
Esta secuencia casi siempre le toca en suerte a la Muerte y es un simple trámite para el que no viste sus grandes trazas.
Esa noche sólo se divirtió observándolo hacer su ritual sin mucho convencimiento pero con determinación planificada. El olor a la sangre le gustaba cada vez menos. ¡Había sentido tanta ocre y metaloide sustancia en sus narinas! Debía esperar hasta el amanecer del día posterior para reclamar el precio de su presencia en esta esfera deleznable por lo que se entretuvo en jalonar con pequeños sustos la senda del mortal del menú de esa noche. Cerró puertas con el soplo de su boca la de la eterna sonrisa, generó sombras inexistentes en hermosas escalas de grises, hizo maullar a los gatos dormidos, por un error de cálculo hizo llover sapos en Malasia.
Hasta que al día siguiente...
La casa ya estaba limpia. Las últimas huellas aflojaron ante el detergente y desaparecieron.
Cuando Pedro despertó le costó un poco ubicarse, sostuvo durante un momento la vista en el cielo raso y fue entonces cuando recordó lo de la noche anterior. Ahora más sereno, sonrió entre dientes, no había sangre por ningún lado, miró las paredes que intactas brillaban antes los leves reflejos de sol que entraban por las ventanas de la habitación. También las cortinas, en su sitio, colgaban en calma. Un sueño, un maldito sueño después del bajón de la marihuana. Decidió levantarse y fue directo al baño, al salir del cuarto encendió la radio y la voz de Enya comenzó a sonar. Preparó la ducha y pensando en la final del campeonato entró en la bañadera, imaginó la vuelta olímpica, abrió con más fuerza el agua y el desagüe comenzó a taponarse, molesto se inclinó y con su mano improvisó e hizo presión sobre la rejilla y fue que sin tiempo a reacción la boca del desagüe se agigantó y succionó toda su mano. Como una boca gigante la mano era mordida por el agujero, de forma violenta la sangre se mezclaba con el agua, en tanto que Pedro se ayudó con el otro brazo para hacer fuerza y tratar de zafarse pero, tal acto fue en vano. De un solo tirón el agujero del desagüe lo chupó en segundos. Todo su cuerpo había desaparecido.


María García. Último nacimiento cercano al pedemonte mendocino en el año del tigre, bajo el signo del carnero. Participó en el movimiento continental Letras Negras. Creó Ediciones de Huevo y el certamen Todo Poético. Ex Embajadora Plenipotenciaria de Polonia y Desiertos Móviles para la Casa Leczinski y línea fundadora del Club de la Conversación y Finabril/Finagosto. Prácticamente inédita. En teoría no.
Algunos de sus trabajos
Intrascendencias
Un sexo, el sexo
FantasticarioHacia una praxis del amor y el caos

29.8.10

Una bella película

Sobre el final de este último domingo de agosto un breve texto de Apollinaire, quien adelantara al surrealismo y demases… Va el texto.


Una bella película
por
Guillaume Apollinaire


¿Sobre qué conciencia no pesa un crimen? -preguntó el barón d'Ormesan-. Por mi parte, ya no me tomo la molestia de contarlos. He cometido algunos que me produjeron dinero, y si hoy no soy millonario, debo culpar más bien a mis apetitos que a mis escrúpulos.
En 1901, en unión de unos amigos, fundé la Compañía Internacional Cinematographic, a la que para abreviar llamamos C.I.C. Nuestro propósito era producir una película de gran interés y pasarla luego en los cinematógrafos de las principales ciudades de Europa y América. Nuestro programa estaba bien trazado. Gracias a la indiscreción de uno de los domésticos, pudimos obtener una escena interesantísima que representaba al presidente de la República, en momentos en que se levantaba de la cama. Siguiendo idéntico procedimiento, también logramos la filmación del nacimiento del príncipe de Albania. En otra oportunidad, después de comprar a precio de oro la complicidad de algunos funcionarios del Sultán, pudimos fijar para siempre la impresionante tragedia del gran visir MalekPacha, quien, después de los desgarradores adioses a sus esposas e hijos, bebió, por orden de su amo y señor, el funesto café en la terraza de su residencia de Pera.
Sólo nos faltaba la representación de un crimen. Pero, desdichadamente, no es fácil conocer con anticipación la hora de un atraco y es muy raro que los criminales actúen abiertamente.
Desesperando de lograr por medios lícitos el espectáculo de un atentado, decidimos organizarlo por nuestra cuenta en una casa que alquilamos en Auteuil a esos efectos. Primeramente habíamos pensado contratar actores para un simulacro de ese crimen que nos faltaba, pero, aparte de que con ello hubiésemos engañado a nuestros futuros espectadores al ofrecerles escenas falsas, habituados como estábamos a no cinematografiar más que la realidad, no podíamos satisfacernos con un simple juego teatral por perfecto que fuera. Llegamos así a la conclusión de echar suerte, para establecer quién de entre nosotros debía juramentarse y cometer el crimen que nuestra cámara registraría. Mas ésta fue una perspectiva ingrata para todos. Después de todo, éramos una sociedad constituida por personas de bien y nadie tomaba a broma eso de perder el honor ni aun por fines comerciales.
Una noche decidimos emboscarnos en la esquina de una calle desierta, muy cerca de la villa que alquiláramos. Éramos seis y todos íbamos armados con revólveres. Pasó una pareja: un hombre y una mujer jóvenes, cuya elegancia muy rebuscada nos pareció a propósito para acondicionar los elementos más interesantes de un crimen pasional. Silenciosos, nos abalanzamos sobre la pareja y amordazándolos los condujimos a la casa. Allí los dejamos bajo el cuidado de uno de nuestro grupo, volviendo a nuestra posición. Un señor de patillas blancas vestido con traje de noche apareció en la calle; salimos a su encuentro y lo arrastramos a la casa a pesar de su resistencia. El brillo de nuestros revólveres dio razón de su coraje y de sus gritos.
Nuestro fotógrafo preparó su cámara, iluminó la sala convenientemente y se aprestó a registrar el crimen. Cuatro de los nuestros se colocaron al lado del fotógrafo apuntando con las armas a los cautivos.
La joven pareja estaba todavía desvanecida. Los desvestí con atenciones conmovedoras: despojé a la muchacha de la falda y el corsé, dejando al joven en mangas de camisa. Dirigiéndome al señor de esmoquin, le dije:
-Señor: ni mis amigos ni yo deseamos a usted ningún mal. Pero le exigimos, bajo pena de muerte, que asesine, con este puñal que arrojo a sus pies, a este hombre y a esta mujer. Ante todo, usted tratará de que vuelvan de su desmayo; tenga cuidado que no lo estrangulen. Como están desarmados, no cabe la menor duda de que usted logrará su propósito.
-Señor -repuso cortésmente el futuro asesino- no tengo más remedio que ceder ante la violencia. Usted ha tomado todas las resoluciones y no deseo en lo más mínimo modificar una decisión cuyo motivo no se me aparece claramente; voy a pedirle una gracia, sólo una: permítame cubrirme el rostro.
Nos consultamos y resolvimos que era mejor así, tanto para él como para nosotros. Coloqué sobre la cara del hombre un pañuelo en el que previamente habíamos abierto dos orificios en el lugar de los ojos, y el individuo comenzó su tarea.
Golpeó al joven en las manos. Nuestro aparato fotográfico empezó a funcionar, registrando esta lúgubre escena. Con el puñal dio unos puntazos en el brazo de su víctima. Ésta se puso rápidamente de pie, saltando, con una fuerza duplicada por el espanto, sobre la espalda de su agresor. La muchacha volvió en sí de su desvanecimiento y acudió en socorro de su amigo. Fue la primera en caer, herida en el corazón. Luego la escena se concentró en el joven, que se abatió de una herida en la garganta. El asesino hizo las cosas bien. El pañuelo que cubría su rostro no se había movido durante la lucha, y lo conservó puesto todo el tiempo que la cámara funcionó.
-¿Están ustedes conformes? -nos preguntó-. ¿Puedo ahora arreglarme un poco?
Lo felicitamos por su labor. Se lavó las manos, se peinó, cepillándose luego el traje. Inmediatamente, la cámara se detuvo.


Guillaume Apollinaire (Italia 1880 – Francia 1918) fue el seudónimo del poeta, novelista y ensayista francés Wilhelm Apollinaire de Kostrowitsky.
En 1909 publicó su primer libro, El encantador en putrefacción, basado en la leyenda de Merlín y Viviana, al que siguieron una serie de relatos de contenido fabuloso. Sus libros de poemas El bestiario o el cortejo de Orfeo (1911) y Alcoholes (1913) reflejan la influencia del simbolismo, al tiempo que introducen ya importantes innovaciones formales; ese mismo año apareció el ensayo crítico Les peintres cubistes (Los pintores cubistas), defensa encendida del nuevo movimiento como superación del realismo. Al estallar la guerra de 1914, se alistó como voluntario y fue herido de gravedad en la cabeza en 1916; ese año se le concede la nacionalidad francesa, murió dos años después, víctima de la gripe española, cuando aún estaba convaleciente.
Apollinaire fue el primero en utilizar los términos surrealismo y surrealista. Inventó el término en 1917 (con motivo del estreno de su obra de teatro Las tetas de Tiresias, a la que calificó de drama surrealista) para expresar una forma de ver la realidad, porque no le servía ningún otro. Lo definió de la siguiente manera: «Cuando el hombre quiso imitar el andar, creó la rueda, que no se parece en nada a una pierna. Así hizo surrealismo sin saberlo». Breton en su Manifiesto de 1924, recuperó el vocablo.
Algunos de sus trabajos
El bestiario o el cortejo de Orfeo
Alcoholes
Caligramas
Las tetas de Tiresias
Color del tiempo
Casanova
El poeta asesinado
El encantador putrefacto
El Heresiarca y Cia
Las once mil vergas

28.8.10

Los agujeros de la máscara

Va un cuento breve de Jean Lorrain, escritor maldito francés de fines del siglo diecinueve. Este texto pertenece a su libro “Cuentos de un bebedor de éter”, aunque lo leí en una antología de cuentos fantásticos del siglo 19, compilados por Italo Calvino. No es de lo mejor del escritor, sí, disfruté de su lectura. De alguna manera me entusiasmó como algún texto de William Burroughs. A leer, entonces…

Los agujeros de la máscara
por
Jean Lorrain
El encanto del horror sólo tienta a los fuertes.
A Marcel Schwob.

I
‑Quiere usted verlo ‑me había dicho mi amigo De Jacquels‑, sea, consiga un dominó y un antifaz, un dominó elegante, de satén negro, cálcese unos escarpines, y, por esta vez, medias de seda negra también, y espéreme en su casa el martes hacia las diez y media; iré a buscarle.
El martes siguiente, envuelto en los susurrantes pliegues de una larga esclavina, con una máscara de terciopelo con barba de satén sujeta detrás de las orejas, esperaba a mi amigo De Jacquels en mi piso de soltero de la calle Taitbout, calentando mis pies a la vez ateridos e irritados bajo el contacto desacostumbrado de la seda, en las brasas del hogar; fuera, las bocinas y los gritos exasperantes de una noche de carnaval llegaban confusos desde el bulevar.
Resultaba extraño, e incluso pensándolo bien, inquietante a la larga, aquella solitaria velada de un enmascarado recostado en un sillón, en el claroscuro de un piso bajo atestado de objetos, aislado por los tapices, con la llama alta de una lámpara de petróleo y el vacilar de dos largas velas blancas, esbeltas, como funerarias, reflejadas en los espejos colgados del muro ¡y De Jacquels no llegaba! Los gritos de las máscaras que estallaban a lo lejos agravaban aún más la hostilidad del silencio; las dos velas ardían tan derechas que, inesperadamente y presa de impaciencia, turbado delante de aquellas tres luces, me levanté para apagar una.
En ese momento se separó una de las cortinas y entró De Jacquels.
¿De Jacquels? No había oído llamar a la puerta, ni tampoco abrir. ¿Cómo había entrado en mi apartamento? He pensado a menudo en ello después; en fin, De Jacquels estaba allí delante de mí; ¿De Jacquels? Es decir un largo dominó, una forma grande, sombría, velada y enmascarada como yo:
‑¿Está usted listo? ‑preguntaba su voz que no reconocí de tan alterada como estaba‑. Mi coche está aquí, nos vamos.
Su coche, no lo había oído ni rodar ni detenerse ante mis ventanas. ¿A qué pesadilla, sombra y misterio había empezado a descender?
‑Es su capucha la que tapona sus oídos; usted no está acostumbrado a la máscara ‑pensaba en voz alta De Jacquels, que había penetrado mi silencio‑: Tenía pues, aquella noche, el poder de adivinar, y levantando mi dominó se aseguraba de la finura de mis medias de seda y de mi ligero calzado.
Aquel gesto me tranquilizó, era De Jacquels y no otro quien hablaba bajo el dominó. Cualquier otro no hubiera tenido en cuenta la recomendación que De Jacquels me había hecho hacía una semana.
‑Bien, nos vamos ‑ordenaba su voz, y, en un susurro de seda y satén que se roza, nos hundimos en la puerta cochera, semejantes, me parece, a dos enormes murciélagos, con el vuelo de nuestras esclavinas, repentinamente levantadas por encima de los dominós.
¿De dónde venía aquel gran viento, aquel soplo desconocido? ¡La temperatura de aquella noche de carnaval era a la vez tan húmeda y blanda!

II

¿Hacia dónde rodábamos ahora, hundidos en la sombra de un coche de caballos extraordinariamente silencioso, cuyas ruedas no despertaban más ruido que los cascos del caballo en el pavimento de madera de las calles y el macadán de las avenidas desiertas?
¿Hacia dónde íbamos a lo largo de muelles y orillas desconocidas, iluminados apenas aquí y allá por la luz borrosa de una vieja farola? Desde hacía ya tiempo, habíamos perdido de vista la fantástica silueta de Nôtre‑Dame, perfilándose al otro lado del río en un cielo de plomo. El Quai de Saint Michel, el Quai de la Tournelle, el Quai de Bercy incluso, estábamos lejos de la Opera, de las calles Drouot, Le Peletier, y del centro. Ni siquiera íbamos a Bullier, donde los vicios vergonzosos se dan cita y, evadiéndose bajo la máscara se arremolinan casi demoníacos y cínicamente confesados la noche de carnaval; y mi compañero callaba.
Al borde de aquel Sena taciturno y pálido, bajo los puentes cada vez más escasos, a lo largo de aquellos muelles planeados de grandes árboles delgados de ramas separadas bajo el cielo lívido como dedos de muerto, me sobrecogía un miedo irracional, un miedo agravado por el implacable silencio de De Jacquels; llegué a dudar de su presencia y a creerme junto a un desconocido. La mano de mi compañero había cogido la mía, y aunque blanda y sin fuerza, la tenía sujeta en un torno que me trituraba los dedos... Aquella mano de poder y de voluntad me clavaba las palabras en la garganta, y sentía bajo su opresión fundirse y deshacerse en mí toda veleidad de rebelión; rodábamos ahora fuera de las fortificaciones y por grandes carreteras bordeadas de hayas y de lúgubres tenderetes de vendedores de vino, merenderos de las afueras cerrados hacía tiempo; desfilábamos bajo la luna, que por fin acababa de perfilar una masa flotante de nubes, y parecía derramar sobre aquel equívoco paisaje de las afueras una capa granizante de sal; en ese instante me pareció que los cascos de los caballos sonaban en el terraplén de la carretera, y que las ruedas del coche, dejando de ser fantasmas, chirriaban en la grava y en los guijarros del camino.
‑Aquí es ‑murmuraba la voz de mi compañero‑, hemos llegado, podemos bajar. Y como yo balbucía un tímido:
‑¿Dónde estamos?
‑En la Barrera de Italia, fuera de las fortificaciones. Hemos cogido el camino más largo, pero el más seguro, volveremos por otro mañana por la mañana.
Los caballos se detuvieron, y De Jacquels me soltaba para abrir la puerta y tenderme la mano.

III

Una gran sala, muy alta, de paredes revocadas con cal, contraventanas interiores herméticamente cerradas, a lo largo de toda la estancia, mesas con cubiletes de hojalata blanca sujetos con cadenas. Al fondo, sobre una elevación de tres escalones, la barra de cinc, atestada de licores y de botellas con etiquetas coloreadas de legendarias marcas de vinos; allí dentro silbaba el gas alto y claro: la sala, en suma, si no más espaciosa y más limpia, de un tabernero de las afueras con una buena clientela, cuyo negocio iba bien.
‑Sobre todo, ni una palabra a quien quiera que sea. No hable a nadie, ni siquiera conteste. Verían que no somos de los suyos, y podríamos pasar un mal rato. A mí, me conocen ‑y De Jacquels me empujaba hacia la sala.
Algunos enmascarados bebían, diseminados. Al entrar, el dueño del establecimiento se levantaba, y, pesadamente, arrastrando los pies, venía hacia nosotros, como para impedirnos el paso; sin una palabra, De Jacquels levantaba el bajo de nuestros dominós y le mostraba nuestros pies calzados con finos escarpines: era sin duda el ¡Sésamo, ábrete! de aquel extraño establecimiento. El patrón se volvía pesadamente a la barra y me di cuenta, cosa extraña, de que él también llevaba una máscara, pero de un tosco cartón, burlescamente pintado, imitando un rostro humano.
Los dos camareros, dos colosos con las mangas de la camisa arremangadas sobre bíceps de luchador, deambulaban en silencio, invisibles, ellos también, bajo la misma espantosa máscara.
Los escasos disfrazados que bebían sentados en las mesas llevaban máscaras de terciopelo y de satén. Salvo un enorme coracero de uniforme, una especie de truco de mandíbula pesada y bigote rojizo, sentado junto a dos elegantes dominós de seda malva y que bebía con la cara descubierta, los ojos azules ya vagos, ninguno de los seres que allí se encontraban tenía rostro humano. En un rincón, dos grandes figuras con blusas y tocadas con gorras de terciopelo, enmascaradas de satén negro, resultaban intrigantes por su sospechosa elegancia, pues su blusa era de seda azul pálido, y del bajo de sus pantalones demasiado nuevos asomaban finos pies de mujer enguantados de seda y calzados con escarpines; y, como hipnotizado, contemplaría aún aquel espectáculo si De Jacquels no me hubiera arrastrado al fondo de la sala hacia una puerta acristalada, cerrada por una roja cortina. Entrada al baile, estaba escrito sobre la puerta con letra historiada de aprendiz de pintura; un guardia municipal hacía guardia junto a ella. Era, al menos, una garantía; pero, al pasar y chocar con su mano me di cuenta de que era de cera, de cera como su cara rosa erizada de bigotes postizos, y tuve la horrible certeza de que el único ser cuya presencia me habría tranquilizado en aquel lugar de misterio era un simple maniquí...

IV
Cuántas horas hacía que erraba solo en medio de máscaras silenciosas en aquel hangar abovedado como una iglesia, y era una iglesia, en efecto; una iglesia abandonada y secularizada era aquella amplia sala de ventanas ojivales, la mayoría medio tapiadas, entre sus columnas adornadas y encaladas con una espesa capa amarillenta donde se hundían las flores esculpidas de los capiteles.
¡Extraño baile en el que no se bailaba y en el que no había orquesta! De Jacquels había desaparecido, y estaba solo, abandonado en medio de aquella muchedumbre desconocida. Una vieja araña de hierro forjado llameaba alta y clara suspendida en la bóveda, iluminando las losas polvorientas, algunas de las cuales, ennegrecidas por las inscripciones, cubrían quizá tumbas; al fondo, en el lugar donde ciertamente debía reinar el altar, se encontraban a media altura en el muro pesebres y comederos, y en los rincones había apilados arreos y ronzales olvidados: el salón de baile era una cuadra. Aquí y allá grandes espejos de peluquería enmarcados con papel dorado se devolvían de uno a otro el silencioso paseo de las máscaras, es decir, ya no se lo devolvían, pues todos se habían sentado ahora alineados, inmóviles, a ambos lados de la vieja iglesia, sepultados hasta los hombros en las viejas sillas del coro.
Permanecían allí, mudos, sin un gesto, como alejados en el misterio bajo largas cogullas de paño plateado, de una plata mate, de reflejo muerto; pues ya no había ni dominós, ni blusas de seda azul, ni Colombinas, ni Pierrots, ni disfraces grotescos; pero todas aquellas máscaras eran semejantes, enfundadas en el mismo traje verde, de un verde descolorido, como sulfatado de oro, con grandes mangas negras, y todas encapuchadas de verde oscuro con los dos agujeros para los ojos de su cogulla de plata en el vacío de la capucha.
Se hubiera dicho rostros calizos de leprosos de los antiguos lazaretos; y sus manos enguantadas de negro erigían un largo tallo de lis negro de pálidas hojas, y sus capuchas, como la de Dante, estaban coronadas de flores de lis negras.
Y todas aquellas cogullas callaban en una inmovilidad de espectros y, sobre sus fúnebres coronas, la ojiva de las ventanas recortándose en claro sobre el cielo blanco de luna, las cubría con una mitra transparente.
Sentía hundirse mi razón en el espanto; ¡lo sobrenatural me envolvía! ¡La rigidez, el silencio de todos aquellos seres con máscaras! ¿Qué eran? ¡Un minuto más de incertidumbre y sería la locura! No aguantaba más y, con la mano crispada de angustia, avanzando hacia una de las máscaras, levanté bruscamente su cogulla.
¡Horror! ¡No había nada, nada! Mis ojos despavoridos sólo encontraban el hueco de la capucha; el traje, la esclavina, estaban vacíos. Aquel ser que vivía sólo era sombra y nada.
Loco de terror, arranqué la cogulla del enmascarado sentado en la silla vecina: la capucha de terciopelo verde estaba vacía, vacía la capucha de las otras máscaras sentadas a lo largo del muro. Todos tenían rostros de sombra, todos eran la nada.
Y el gas llameaba más fuerte, casi silbando en la alta sala; a través de los cristales rotos de las ojivas, el claro de luna deslumbraba, casi cegador; entonces, un horror me sobrecogía en medio de todos aquellos seres huecos, de vana apariencia de espectro, una horrible duda me oprimió el corazón ante todas aquellas máscaras vacías.
¡Si yo también era semejante a ellos, si yo también había dejado de existir y si bajo mi máscara no había nada, sólo la nada! Corrí ante uno de los espejos. Un ser de sueño se erigía ante mí, encapuchado de verde oscuro, coronado de flores de lis negras, enmascarado de plata. Y aquel enmascarado era yo, pues reconocí mi gesto en la mano que levantaba la cogulla y, boquiabierto de espanto, lanzaba un enorme grito, pues no había nada bajo la máscara de tela plateada, nada bajo el óvalo de la capucha, sólo el hueco de tela redondeada sobre el vacío: estaba muerto y yo...
‑Y tú has vuelto a beber éter ‑gruñía en mi oído la voz de De Jacquels‑. ¡Curiosa idea para distraer tu aburrimiento mientras me esperabas!
Me encontraba tumbado en medio de mi habitación, el cuerpo en la alfombra, la cabeza apoyada en el sillón, y De Jacquels, vestido de gala bajo una túnica de monje daba órdenes a mi atolondrado ayuda de cámara, mientras las dos velas encendidas, llegado su fin, hacían estallar sus arandelas y me despertaban... ¡Por fin!


Jean Lorrain es el seudónimo de Paul Alexandre Martin Duval (Francia 1855 – 1906) escritor francés del movimiento simbolista.
Algunos de sus trabajos
Le sang des dieux
Modernités
Les griseries
Les Lépillier
Très russe
Un démoniaque
Monsieur de Bougrelon
La dame turque
Monsieur de Phocas
Le vice errant
La maison Philibert
Monsieur Monpalou
Ellen

27.8.10

Sueño de mariposa

Ya de regreso, va este texto de Chuang Tzu, cortito y al pie para continuar…

Sueño de la mariposa
por
Chuang Tzu

Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.


Chuang Tzu o Chuang Tse, literalmente "Maestro Zhuang" fue un famoso filósofo de la antigua China que vivió alrededor del siglo IV a. C. durante el período de los Reinos combatientes, y que corresponde a la cumbre del pensamiento filosófico chino de las Cien Escuelas de Pensamiento. Nacido en el reino Song, vivió aproximadamente entre los años 369 y 290 a. C., y se le considera el segundo taoísta más importante, por detrás tan sólo de Laozi, y heredero del pensamiento de este último. También es considerado un precursor, mucho más explícito que su maestro, de lo que se llamaría con el tiempo anarquismo.

21.8.10

Una víctima de la publicidad

Un texto de Zola, padre del naturalismo. Recuerdo haber leído los texto de este autor francés y pensar en algún cortometraje, saldrá en algún momento. Va el texto.

Una víctima de la publicidad
por
Émile Zola
Conocí a un chico, fallecido el año pasado, cuya vida fue un prolongado martirio. Desde que tuvo uso de razón, Claude se había hecho este razonamiento: «El plan de mi existencia está trazado. No tengo más que aceptar las ventajas de mi tiempo. Para marchar con el progreso y vivir totalmente feliz, me bastará con leer los periódicos y los carteles publicitarios, mañana y tarde, y hacer exactamente lo que esos soberanos guías me aconsejen. En ello radica la verdadera sabiduría, la única felicidad posible». A partir de aquel día, Claude adoptó los anuncios de los periódicos y de los carteles como código de vida. Éstos se convirtieron en el guía infalible que le ayudaba a decidirlo todo; no compró nada, no emprendió nada que no le hubiera sido recomendado por la voz de la publicidad. Así fue como el desventurado vivió en un auténtico infierno.
Claude adquirió un terreno formado por tierras de aluvión donde sólo pudo construir sobre pilotes. La casa, construida según un sistema novedoso, temblaba cuando hacía viento y se desmoronaba con las lluvias tormentosas. En su interior, las chimeneas, provistas de ingeniosos sistemas fumívoros, humeaban hasta asfixiar a la gente; los timbres eléctricos se obstinaban en guardar silencio; los retretes, instalados según un modelo excelente, se habían convertido en horribles cloacas; los muebles, que debían obedecer a mecanismos particulares, se negaban a abrirse y cerrarse.
Tenía sobre todo un piano que no era sino un mal organillo y una caja fuerte inviolable e incombustible que los ladrones se llevaron tranquilamente a la espalda una hermosa noche invernal.
El infortunado Claude no sufría sólo en sus propiedades sino también en su persona: La ropa se le rompía en plena calle. La compraba en esos establecimientos que anuncian una rebaja considerable por liquidación total. Un día me lo encontré completamente calvo. Siempre guiado por su amor al progreso, se le había ocurrido cambiar su cabello rubio por otro moreno. El agua que acababa de usar había hecho que se le cayera todo el pelo rubio, y él estaba encantado porque -según decía- ahora podría usar cierta pomada que, con toda seguridad, le proporcionaría un cabello negro dos veces más espeso que su antiguo pelo rubio.
No hablaré de todos los potingues que se tomó. Era robusto pero se quedó escuálido y sin aliento. Fue entonces cuando la publicidad empezó a asesinarlo. Se creyó enfermo y se automedicó según las excelentes recetas de los anuncios y, para que la medicación fuera más efectiva siguió todos los tratamientos a la vez, hallándose confuso ante la idéntica cantidad de elogios que cada producto recibía.
La publicidad tampoco respetó su inteligencia. Llenó su biblioteca con libros que los periódicos le recomendaron. La clasificación que adoptó fue de lo más ingeniosa: ordenó los volúmenes por orden de mérito, quiero decir, según el mayor o menor lirismo de los artículos pagados por los editores. Allí se amontonaron todas las bobadas y todas las infamias contemporáneas. Jamás se vio un montón de ignominias semejante. Y además, Claude había tenido el detalle de pegar en el lomo de cada volumen el anuncio que se lo había hecho comprar. Así, cuando abría un libro, sabía por adelantado el entusiasmo que debía manifestar; reía o lloraba según la fórmula. Con ese régimen, llegó a ser completamente idiota.
El último acto de este drama fue lastimoso. Tras haber leído que había una sonámbula que curaba todos los males, Claude se apresuró a ir a consultarla acerca de las enfermedades que no tenía. La sonámbula le propuso obsequiosamente la posibilidad de rejuvenecerlo indicándole la forma para no tener más de dieciséis años. Se trataba simplemente de darse un baño y de beber determinada agua. Se tragó el agua, se metió en el baño y se rejuveneció en él de tal manera que, al cabo de media hora, lo encontraron asfixiado.
Claude fue víctima de la publicidad hasta después de muerto. Según su testamento, había querido ser enterrado en un ataúd de embalsamamiento instantáneo cuya patente acababa de obtener un droguero. En el cementerio, el ataúd se abrió en dos, y el miserable cadáver cayó al barro donde tuvo que ser enterrado revuelto con las planchas rotas de la caja. Su tumba, hecha de cartón piedra y en imitación de mármol, empapada por las lluvias del primer invierno, no fue pronto nada más que un montón de podredumbre sin nombre.


Émile Zola (Francia 1840 – 1902), escritor francés, considerado como el padre y el mayor representante del Naturalismo.
Algunos de sus trbajos
La Confession de Claude
Les Mystères de Marseille
Thérèse Raquin
La fortuna de los Rougon
La jauría
El vientre de París
El pecado del abate Mouretn
La taberna
La alegría de vivir
Germinal
El desastre.
El Doctor Pascal.
Serie de Las tres ciudades
La novela experimental
La escuela naturalista

20.8.10

La monja sangrienta

Viernes de terror, va un clásico de aparecidos. Nodier ha logrado envolverme a través de sus textos en esa cosa gótica, me ha transportado. Creo que en algún momento, sus historias me inspiraron de forma inconsciente cuando hace unos años escribí un relato de horror (aún inédito). Cuento breve de fantasma a continuación…

La monja sangrienta
por
Charles Nodier

Un aparecido frecuentaba el castillo de Lindemberg, de manera que lo hacía inhabitable. Apaciguado después por un santo hombre, se limitó a ocupar sólo una habitación, que estaba siempre cerrada. Pero cada cinco años, el cinco de mayo, a una hora exacta de la mañana, el fantasma salía de su asilo.
Era una religiosa cubierta con un velo y vestida con un hábito manchado de sangre. En una mano sostenía un puñal, y en la otra una lámpara encendida. Descendía así la escalera principal, atravesaba los patios, salía por la puerta principal, que se preocupaban de dejar abierta, y desaparecía.
La llegada de esta fecha misteriosa estaba próxima, cuando el enamorado Raymond recibió la orden de renunciar a la mano de la joven Agnès, a quien amaba locamente.
Raymond le pidió una cita, la obtuvo, y le propuso un rapto. Agnès conocía de sobra la pureza del corazón de su amante para vacilar en seguirle: —Dentro de cinco días —le dijo ella— la monja sangrienta debe dar su paseo. Abrirán las puertas y nadie se atreverá a interponerse en su camino. Yo sabré procurarme vestidos apropiados y salir sin ser reconocida. Estad preparado a cierta distancia... —Alguien entró en ese momento y les obligó a separarse.
El cinco de mayo, a medianoche, Raymond se encontraba a las puertas del castillo. Un coche y dos caballos le esperaban en una cueva cercana.
Las luces se apagan, cesa el ruido, suena el reloj; el portero, siguiendo la antigua costumbre, abre la puerta principal. Una luz aparece en la torre del este, recorre una parte del castillo, desciende... Raymond divisa a Agnès, reconoce el vestido, la lámpara, la sangre y el puñal. Se acerca; ella se arroja en sus brazos. La lleva casi desvanecida en el coche; parte con ella, al galope de los caballos.
Agnès no decía ni una palabra.
Los caballos corrían hasta perder el aliento; dos postillones que trataron vanamente de retenerlos fueron derribados.
En ese momento, una tormenta espantosa se levanta, los vientos soplan desencadenados; el trueno ruge en medio de miles de relámpagos; el coche desbocado se rompe... Raymond cae sin sentido.
A la mañana siguiente se ve rodeado de campesinos que le llaman a la vida. Él les habla de Agnès, del coche, de la tormenta. Nada han visto, nada saben, y está a más de diez leguas del castillo de Lindemberg.
Le llevan a Ratisbonne; un médico cura sus heridas y le recomienda reposo. El joven amante ordena mil búsquedas inútiles y hace cien preguntas a las que nadie puede responder. Todos creen que ha perdido la razón.
Sin embargo, el día va pasando; el cansancio y el agotamiento le procuran el sueño. Dormía bastante apaciblemente, cuando el reloj de un convento cercano le despierta, al dar la hora. Un secreto horror se apodera de él, se le erizan los cabellos, se le hiela la sangre. La puerta se abre con violencia; bajo el resplandor de una lámpara que está sobre la chimenea, ve avanzar a alguien: es la monja sangrienta. El espectro se acerca, le mira fijamente y se sienta en la cama durante toda una hora. El reloj da las dos. El fantasma entonces se levanta, coge la mano de Raymond con sus dedos helados y le dice:
—Raymond, yo soy tuya; y tú eres mío para toda la vida. —Salió enseguida, y la puerta se cerró tras ella.
Una vez libre, grita, llama; se persuaden cada vez más de que no está en su sano juicio; su mal aumenta y los auxilios de la medicina son vanos.
La noche siguiente, la monja volvió, y sus visitas se repitieron durante varias semanas. El espectro, sólo visible para él, no era percibido por ninguno de los que hacía acostar en su habitación.
Entretanto, Raymond averiguó que Agnès había salido demasiado tarde y le había buscado inútilmente por los alrededores del castillo; de donde concluyó que a quien había raptado era a la monja sangrienta. Los padres de Agnès, que no aprobaban su amor, aprovecharon la impresión que produjo esta aventura en su espíritu para determinarla a que tomase los hábitos.
Finalmente, Raymond fue liberado de su espantosa compañía. Llevaron a su presencia a un personaje misterioso que pasaba por Ratisbonne; le introdujeron en la habitación a la hora en que debía aparecer la monja sangrienta. Ésta tembló al verle y, tras una orden de aquél, explicó el motivo de sus inoportunas apariciones: religiosa española, había abandonado el convento para vivir en el desorden con el señor del castillo de Lindemberg; infiel a su amante, al igual que a su Dios, le había apuñalado; asesinada ella misma por su cómplice, con el que quería casarse, su cuerpo había permanecido sin sepultura y su alma sin asilo erraba desde hacía un siglo. Pedía un poco de tierra para su cuerpo y oraciones para su alma. Raymond se las prometió y no la volvió a ver.


Jean-Charles Emmanuel Nodier (Francia 1780 - 1844), fue escritor y bibliotecario francés. La obra de Charles Nodier que ha perdurado en el tiempo es mayormente narrativa y de corte sobrenatural, predominando en ella un atractivo tono añejo. Sus relatos versan sobre vampiros, demonios, brujas, aparecidos: La monja sangrienta, El vampiro Arnold-Paul, El espectro de Olivier, Las aventuras de Thibaud de la Jacquière, El tesoro del diablo, El aparecido rojo.
Algunos de sus trabajos
Smarra, o los demonios de la noche
El delator
Infernaliana
Bibliothèque sacrée grecque-latine de Moïse à saint Thomas d'Aquin
Mademoiselle de Marsan
Souvenirs de la jeunesse
Inès de las Sierras
La novena de la Candelaria
Souvenirs y retratos de la Revolución
Historia del perro de Brisquet
Franciscus Colonna
El vampiro de Arnold Pault

18.8.10

Mientras me ves

Va un relato de Dafne. Autora argentina, y una de las pocas y mejores narradoras actuales. Recomiendo sus novela “Martín Descoronado” y “Solitudine”. A continuación uno de los textos que más me gustan.



Mientras me ves
por
Dafne Mociulsky

Pensaba que era por la casa. Todo indicaba serlo: cortinas color verde botella, ¿cómo ser feliz con unas cortinas tan cercanas a la muerte?, y las moscas, imposibles de evitar, ¡y hacía tanto calor!, esa casa comía sol y lo regurgitaba sobre mí toda la noche. Y ese olor a madera, penetrante, uno sentía que inhalaba astillas al respirar. Entonces me mudé, cambié de casa, de barrio y de mundo.
Mi vida es un tanto complicada ahora. Un señor viene a mi pieza todas las mañanas a despertarme. Nada es agradable antes del desayuno, suelo reaccionar de mal humor cuando oigo el chirriar de la puerta, la suela del zapato, percibo el movimiento circular, ¡no es necesario que gire sobre sí mismo para cerrar la puerta!, podría dar un paso y no hacerse el pintoresco; nunca logro despertar a tiempo para verlo.
Cuando abro los ojos ya está acomodando el caballete. Duermo desnuda especialmente para él, sino seguiría usando el camisón de mi abuela, que es tan suave y viejo al tacto.
En esta casa hay palomas y la cocina es grande, las cortinas son amarillas y el sol pasa más desapercibido. El señor que me pinta se llama Horacio. Tiene una verruga muy grande en la cara, de color marrón oscuro. A veces me habla un poquito. Durante las primeras semanas quise entablar relaciones amistosas con un gato, pero me tenía miedo, parece que veía algo muy malo en mí. Era quizás mi soledad productiva. Siempre estoy buscando algo mejor.
El Señor Horacio me está pintando con una pierna mutilada. Me veo muy real, así me vería si me cortaran una pierna. No tengo novio, nunca tuve uno de verdad. El contacto con el hombre... no sé, es como una alergia. Supuse que el hecho de dejarme pintar desnuda y mutilada sería terapéutico de alguna manera.
La casa de antes era fea, pero tenía algo que me gustaba: el hombre. Acá no tengo a nadie, y al Señor Horacio no puedo verlo con ganas de jugar el jueguito, por otro lado, creo que me ve como un objeto, según sus ganas debe darle lo mismo plasmarme a mí o a una manzana podrida en un cuadro. Estoy acostumbrada a esta condición, mi ex era fotógrafo, digo era porque lo maté.
“¿Le falta mucho, Horacio?” “No”, me contesta, invariablemente, ¿qué le pasa?, ¿acaso no se da cuenta, no se nota demasiado que estoy sola y no tengo con quien hablar?, necesito vaciar este subconsciente, como cualquier hijo de vecino, después de todo soy una chica sufrida, hija de padres sufridos. No había nada en mi casa cuando era chiquita.
“Mire, Horacio, apure, ¿cómo quiere que se lo diga?, ¿tengo que ser más directa?, quiero hacer caca.” “Un minuto, por favor.” qué egoísta que es. Me hace acordar un poco a mi ex, pobre.
No teníamos muchas cosas en común. No puedo concentrarme - "¡Horacio, dele!”- este tipo no se da cuenta de nada, me estoy contracturando. ¿Quién dijo que está bueno este laburo?, modelo vivo, bah, es bastante molesto. Si no me concentro en mis pensamientos me vuelvo loca de tedio. Mi ex jugaba al tenis y yo tomaba cerveza todo el día en la esquina con los muchachos, es que no sabía qué hacer con el tiempo, se me resbalaba hasta la hora del crepúsculo, cuando él llegaba y yo ya estaba ebria. Entonces teníamos muy rico sexo. Lo extraño, hace más de un año que murió.
En esta casa se oyen todas las conversaciones de la casa de al lado; le están enseñando a hablar a la beba, es un suplicio, cada casa trae consigo el ying y el yang.
Me aburro. “¡Basta Horacio!, me voy a hacer encima.” “Es un minutito, por favor”. Dios me libre y me guarde, ¿tendrá mujer este adefesio?, si es así debe padecerlo mucho. Todos los hombres son un cáncer, en mayor o menor medida, de una u otra manera, y lo peor es que esto es recíproco. El hombre y la mujer se enferman mutuamente hasta que encuentran un verdadero amor. Yo espero encontrarlo algún día. Con Omar casi llegué a creerlo. Estábamos construyendo algo que funcionaba en su estilo. No hablábamos mucho. Era extremadamente acomplejado y tímido, como si el tamaño de su pene fuera un reflejo de todo su ser y viceversa. A mí no me molestaba nada de su persona, es decir, el amor de mi vida podría ser cualquiera, no deseo nada en especial, yo nunca pude afirmar me gustan los rubios o los morochos, o los prefiero lampiños o con pelos en el pecho, o me gustan los tímidos o los extrovertidos. Omar no era mi novio. Lo conocí por un aviso publicado en el diario "Busco persona para compartir gastos de alquiler". En aquel entonces yo andaba dando vueltas, rebotando con mi bolsito de aquí para allá, sobreviviendo con la compra – venta de bagatelas. La primera impresión que tuve de la casa fue nefasta, sin embargo él, ¿cómo explicarlo?, sentí que debía ayudarlo, y así lo hice. “Horacio, ¿puedo hablarle?, así me distraigo de las ganas de ir al baño.” “Pero no me cuente cosas que le cambien la expresión, que estoy trabajando en eso.”
“Es que estoy pensando mucho en él. Todas las mujeres tenemos un él. ¡No se quede callado!, opine, por favor.”
“Bueno, cuénteme la historia si eso la relaja, pero le suplico que no me frunza el entrecejo.”
“Omar era fotógrafo…” No puedo seguir, es tan obvio que no le interesa. Y tengo tanto que contar, tanto amor que se me pudre en el corazón. Cómo quisiera poder abrazar a alguien, coserme a la piel de otro, para que no se me escape. Tendría que aprender a controlar mi mente, claro, ser más femenina y silenciosa, dejar de vomitar mis historietas en oídos ajenos, ¡tendría que borrarme para luego redibujarme y rescribirme!, y sería muy bueno, valdría la pena. Y estoy dispuesta a hacerlo por el primer transeúnte que camine por mi telaraña. Omar no me entendía, tampoco lo intentaba. La falta de comunicación era un problema, y no era mi culpa, ¡es que no me registraba cuando le hablaba!, si me hubiera prestado atención cuando le dije: “En la botella de coca puse el veneno para las cucarachas”, ahora no estaría muerto.
La casa se volvió más fea que de costumbre sin él. Comencé a sentirme muy incómoda. Ahora, que estoy en esta casa acogedora y linda, descubro otras cosas. Al notar que el nivel de soledad es tan alto y no desciende desde que estoy acá, intenté hacer meditación. Es imposible, cada vez que quiero concentrarme en los mantras me pica algo, siempre. Entonces comprendí la relación con el cuerpo. Este cuerpo me es incómodo, desparejo con mi mente. Arrastro esta piel por la vida como un par de zapatos que sacan ampollas en los tobillos. Y soy linda, razón por la cual a veces no me escuchan y sólo me miran. No debería ser linda, ni flaca. Me arrebujo dentro de mis dimensiones sin descanso y los cambios de casa no pueden menguar este desconsuelo.
“¿Y, Horacio?”
“Ya está.”
¡Qué real me veo!, ¡y qué bien!, estoy mejor ahí que acá, es como si me sobrara una pierna de este lado del plano.



Dafne Mociulsky, Buenos Aires 1/5/78. El hecho de mudarse de casa y de barrio más de veinte veces la volvió adaptable, sociable e inestable. Nunca terminó una carrera, pero estudió algo de Filosofía de Oriente y Occidente en la Fundación Hastinapura (2001-2002), Cine Documental en la Universidad Popular de las Madres de Plaza de Mayo (2004-2005) y cursos de teatro, clown y mimo. En 1997, a los 19 años, publica su primer libro "LA ESCALERA", cuentos breves (Manrique Zago Ediciones). Luego pasan algunos años en los que publica de vez en cuando algunos cuentos en pequeñas revistas pero se dedica a escribir y a leer compulsivamente. Recién en el año 2005 descubre maneras artesanales para realizar sus propias publicaciones, así nace DUNIASHKA EDICIONES, que no es más que ella misma. Bajo su propio sello edita: "TRILOGÍA" - cuentos, 2005; "LA OFRENDA INNECESARIA"- poemas, 2006; "MIEDO ROTO", novela, 2007. Con la editorial EL ASUNTO publica: "MARTIN DESCORONADO", novela, 2007; "EN EL CAJON DE LA MESITA DE LUZ", nouvelle, 2007. Con ALTERARTE STUDIOS (eitorial dedicada a la distribución en trenes) publica: "ANECDOTARIO DE SERES DESMONTABLES, VOL. 1", cuentos, 2008. Con EN EL AURA DEL SAUCE publica: "SOLITÙDINE", novela 2008 y "MIENTRAS ME VES" cuentos, 2009. Con NO HAY VERGUENZA EDCIONES publica "RELOJES, PERROS, GASES, GATOS Y UN GALLO", nouvelle, 2009. Y, finalmente hasta ahora, con el proyecto Pandilla de escritores ambulantes "CÓCTEL MOLOTOV" publica "¡CALLÁTE!", novela, 2009. Participó en el CD LAS CHICAS DE AHORA LO HACEN ORAL (Zediciones, Mendoza 2010) Disco de audio-textos de narradoras y poetas argentinas.
Forma parte activa del colectivo cultural FLIA (Feria del Libro Independiente y A) desde el inicio de su formación. Cuando puede, Dafne, viaja por el interior de su país y Latinoamérica distribuyendo su obra.

17.8.10

Fin del mundo fin

Va un texto de Julio Cortázar, uno de mis autores referente y que admiro mucho. Su novela “Rayuela” me pegó muy fuerte cuando la leí hace algunos años y volvió a conmoverme meses atrás cuando la repasé para preparar algunos encuentros para un taller de literatura. Estoy digitalizando uno de los mejores cuentos de horror que he leído, texto de Cortázar, que lo subiré la semana próxima. Entre tanto va este texto.

Fin del mundo fin
por
Julio Cortázar

Como los escribas continuarán, los pocos lectores que en el mundo había van a cambiar de oficio y se pondrán también de escribas. Cada vez más los países serán de escribas y de fábricas de papel y tinta, los escribas de día y las máquinas de noche para imprimir el trabajo de los escribas. Primero las bibliotecas desbordarán de las casas, entonces las municipalidades deciden (ya estamos en la cosa) sacrificar los terrenos de juegos infantiles para ampliar las bibliotecas. Después ceden los teatros, las maternidades, los mataderos, las cantinas, los hospitales. Los pobres aprovechan los libros como ladrillos, los pegan con cemento y hacen paredes de libros y viven en cabañas de libros. Entonces pasa que los libros rebasan las ciudades y entran en los campos, van aplastando los trigales y los campos de girasol, apenas si la dirección de vialidad consigue que las rutas queden despejadas entre dos altísimas paredes de libros. A veces una pared cede y hay espantosas catástrofes automovilísticas. Los escribas trabajan sin tregua porque la humanidad respeta las vocaciones, y los impresores llegan ya a orillas del mar. El presidente de la república habla por teléfono con los presidentes de las repúblicas, y propone inteligentemente precipitar al mar el sobrante de libros, lo cual se cumple al mismo tiempo en todas las costas del mundo. Así los escribas siberianos ven sus impresos precipitados al mar glacial, y los escribas indonesios etcétera. Esto permite a los escribas aumentar su producción, porque en la tierra vuelve a haber espacio para almacenar sus libros. No piensan que el mar tiene fondo, y que en el fondo del mar empiezan a amontonarse los impresos, primero en forma de pasta aglutinante, después en forma de pasta consolidante, y por fin como un piso resistente aunque viscoso que sube diariamente algunos metros y que terminar por llegar a la superficie. Entonces muchas aguas invaden muchas tierras, se produce una nueva distribución de continentes y océanos, y presidentes de diversas repúblicas son sustituidos por lagos y penínsulas, presidentes de otras repúblicas ven abrirse inmensos territorios a sus ambiciones etcétera. El agua marina, puesta con tanta violencia a expandirse, se evapora más que antes, o busca reposo mezclándose con los impresos para formar la pasta aglutinante, al punto que un día los capitanes de los barcos de las grandes rutas advierten que los barcos avanzan lentamente, de treinta nudos bajan a veinte, a quince, y los motores jadean y las hélices se deforman. Por fin todos los barcos se detienen en distintos puntos de los mares, atrapados por la pasta, y los escribas del mundo entero escriben millares de impresos explicando el fenómeno y llenos de una gran alegría. Los presidentes y los capitanes deciden convertir los barcos en islas y casinos, el público va a pie sobre los mares de cartón a las islas y casinos donde orquestas típicas y características amenizan el ambiente climatizado y se baila hasta avanzadas horas de la madrugada. Nuevos impresos se amontonan a orillas del mar, pero es imposible meterlos en la pasta, y así crecen murallas de impresos y nacen montañas a orillas de los antiguos mares. Los escribas comprenden que las fábricas de papel y tinta van a quebrar, y escriben con letra cada vez más menuda, aprovechando hasta los rincones más imperceptibles de cada papel. Cuando se termina la tinta escriben con lápiz etcétera; al terminarse el papel escriben en tablas y baldosas etcétera. Empieza a difundirse la costumbre de intercalar un texto en otro para aprovechar las entrelíneas, o se borra con hojas de afeitar las letras impresas para usar de nuevo el papel. Los escribas trabajan lentamente, pero su número es tan inmenso que los impresos separan ya por completo las tierras de los lechos de los antiguos mares. En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos o sea los transatlánticos donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas, y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente, y de capitán a capitán.


Julio Cortázar fue un escritor, traductor e intelectual argentino. Nació con el nombre de Jules Florencio Cortázar en Bruselas (Bélgica) el 26 de agosto de 1914 y falleció en París (Francia) el 12 de febrero de 1984. Se le considera uno de los autores más innovadores y originales de su tiempo, maestro del relato corto, la prosa poética y la narración breve en general, comparable a Jorge Luis Borges, Antón Chéjov o Edgar Allan Poe, y creador de importantes novelas que inauguraron una nueva forma de hacer literatura en Latinoamérica, rompiendo los moldes clásicos mediante narraciones que escapan de la linealidad temporal y donde los personajes adquieren una autonomía y una profundidad psicológica pocas veces vista hasta entonces.
Algunos de sus libros
La otra orilla
Bestiario
Final del juego
Historias de cronopios y de famas,
El perseguidor
Los premios
Rayuela
62/modelo para armar
Libro de Manuel
Divertimento

16.8.10

Balada del burgués que cuida su negocio

En lunes, un texto breve de Juan Filloy, autor muy interesante para redescubrir (o descubrir). Va el cuento…



Balada del burgués que cuida su negocio
por
Juan Filloy

Entonces el patrón fue y dijo: - María: lamento despedirla. Usted es la mejor tejedora del taller. Pero los negocios son los negocios. Es usted demasiado lerda. En cada punto ahoga una lágrima. En cada lacito ahorca un suspiro. Usted teje con angustia punzante en vez de aguja. ¡Así pierdo plata! La gente no entiende nada de escarpines, bombachas o corpiños sentimentales. Bien está despedida. Cuando teja sin nostalgias de madre puede volver al trabajo.


Juan Filloy (Argentina 1894 – 2000) escritor argentino. Fue importante fuente de inspiración para otros escritores como Julio Cortázar, quien se refiere a su obra en Rayuela y en La vuelta al día en ochenta mundos. Respecto de Filloy, el escritor y crítico mexicano Alfonso Reyes Ochoa sostuvo que era "el progenitor de una nueva literatura americana". Su obra se caracteriza principalmente por una crítica a las costumbres humanas, crítica efectuada mediante el humor recurriendo frecuentemente a la parodia y a la ironía.
Algunos de sus libros
Periplo
¡Estafen!
Ignitus
Yo, yo y yo
Los Ochoa
Mujeres
La purga
Sexamor
Sonetos
Decio 8A

14.8.10

La presión de la vida

Hace unos días di con una compilación de relatos de ciencia ficción soviéticos, algo así como el “lado b” de la C.F., puesto que son muy pocos los libros y/o textos traducidos al castellano en este género. Me gustó mucho lo que encontré en este compilado, de extraigo el siguiente texto.




La presión de la vida
por
Dimitri Bilenkin


Llevaba ya dos días caminando por la roja y fría llanura: adelante, solo adelante. Vestía un overol azul subido que se distinguía a distancia, pero no acariciaba la esperanza de que lo encontraran. Habría sido un milagro que en el silbido monótono del aire de Marte hubiera irrumpido el zumbido de un motor.
Caminaba con paso de autómata, mesurado, ahorrando energías: seis kilómetros a la hora, ni más ni menos. Sus pensamientos también se sometían a un ritmo monótono. Del trayecto recorrido habían quedado en la memoria algunos fragmentos; todo lo demás se había fundido en una faja, nebulosa, alejándose la vida anterior al infinito, empequeñeciéndose y haciéndose irreal, como un paisaje visto con los prismáticos al revés.
No había temor. Había el obstinado avance, un cansancio mortal en el cuerpo y una insensibilidad alucinante en los pensamientos. Únicamente le dolía cada vez más el hombro izquierdo, torcido por el peso del balón de oxigeno (el otro balón ya lo había consumido y arrojado). Todo lo demás estaba en orden: sentíase bien alimentado, no experimentaba sed, la calefacción eléctrica funcionaba a pedir de boca, y las botas no le apretaban ni le rozaban. No tenía que combatir la extinción del cuerpo, privado de afluencia de energía vital, no tenía que arrastrarse con las últimas fuerzas obedeciendo ya al instinto y no a la razón. La técnica lo libraba ahora incluso de los sufrimientos.
A cada momento se arreglaba maquinalmente la mochila para equilibrar la carga sobre el hombro. Cada vez que lo hacía cambiaba la posición de la cabeza, y el silbido del viento en los oídos (mejor dicho, en el casco interfónico) tan pronto arreciaba como disminuía. A pesar del viento, el aire era puro y transparente, el cercano horizonte se dibujaba claramente, la helada apretaba en el cielo violáceo, como en el suelo, lo que hacía que en el cenit las ralas estrellas brillasen sin parpadear, severamente.
Experimentaba aún placer al cruzar las pequeñas lomas. La subida no era abrupta, no tenía que aminorar el paso y en las bajadas incluso lo aceleraba y se alegraba de que los montículos le ayudasen a ir más rápido, aunque era una evidente ilusión y él lo sabía. En su infancia le gustaba imaginarse que no andaba, sino iba montado en algún vehículo, que el mismo era un automóvil y en vez de piernas tenía cuatro ruedas. Le gustaba "darse gas" a si mismo, o sea, acelerar la velocidad, "hacer girar el volante" para evitar el choque con un peatón y "pisar el freno". Ahora se le antojaba también que era una máquina.
Poco a poco se iba alargando su sombra. Cuanto más descendía el sol tanto más roja se tornaba la llanura. Las laderas de las lomas llameaban. Pero en los altibajos se iban acumulando ya las sombras. Se emboscaban allí como las aterciopeladas garras de una fiera salvaje. El viento amainó sin advertirlo él. Todo quedo yerto, y a Severguin —así lo llamaban en otros tiempos, pero ahora eso no tenía importancia— lo invadió la zozobra que precede a la llegada de la noche, cuando el hombre esta solo e indefenso en medio del desierto.
Miró el sol y sintió una pena indescriptible. Pese a todo confiaba en lo más profundo de su alma que lo salvarían... El fin de la luz diurna significaba el fin de la esperanza.
De los lejanos cúmulos azulosos de eretrio, atravesando las sombras, algo vivo se acercaba a Severguin. La mirada de los ojuelos brillantes y rosados de una fierecilla se clavo en el hombre. Severguin llevóse la mano a la pistola. Pero la fierecilla, convencida de la presencia del intruso, continuó corriendo sin detenerse. Por lo visto, algún sabio instinto había sugerido al animal que este ser bípedo no tenía nada que ver con Marte, que se encontraba allí casualmente, que estaba vivo casualmente y que desaparecería no casualmente antes de que el sol volviera a iluminar la llanura.
Severguin estuvo a punto de disparar tras el animalejo de tanta lástima que sintió de si mismo. Se diría que alguien había vuelto al revés los prismáticos, y el pasado se reavivó. El pasado que lo había decidido todo. ¿Por qué la naturaleza no lo había hecho a él como a todos los demás? ¿Por qué, por qué?
Agachando la cabeza y casi enloquecido corrió al encuentro de las sombras que se acercaban furtivamente. Los músculos, como él esperaba, se le hicieron pesados como el plomo, pero él seguía corriendo cual si quisiera mortificar su cuerpo.
A los cien metros se rindió. Cualquier otro hombre de su edad y salud habría recorrido mil. A él le bastaron cien para caer extenuado.
Así había sido siempre.
Había nacido tarado, no como todos. El mal no consistía en que no podía comer pan, hay miles de personas que no pueden comer determinados alimentos: eso no pasa de ser una incomodidad. La naturaleza le había negado algo más importante: fuerza. No era más enfermizo que otros muchachos, pero se ahogaba al correr los cien metros, no podía levantarse a pulso en la barra fija y lloraba cuando intentaba los ejercicios en la espaldera.
Podía con las prolongadas sobrecargas físicas, como la marcha a grandes distancias. Su caso era distinto. Al motor durante el período de rodaje se le pone un limitador. A su organismo le habían puesto el limitador para siempre. No podía realizar esfuerzos bruscos que requirieran una gran energía, como la mecha enrollada no puede dar una llama esplendente.
Los muchachos de su edad lo miraban de arriba abajo despreciándolo por su debilidad, y a los profesores de educación física los exasperaba. Si los médicos diagnostican que el chiquillo está sano, si su complexión es normal ¿qué derecho tiene a avergonzarlos colgando de la maroma como un costal? La educación física fue la pesadilla de la niñez y la adolescencia de Severguin. Al ver las paralelas o las anillas se echaba a temblar como un condenado al tormento. "¡Campeón, campeón!", le gritaban los chiquillos en los gimnasios que olían a sudor y polvo. Y el palidecía sabiendo con que risas (bonachonas, pero no menos ofensivas por eso) acogerían su vergonzoso y estúpido salto sobre el potro.
Lo salvó el cuarto o quinto médico al que lo llevaron sus padres sobresaltados. Ese doctor tampoco le encontró nada en el corazón ni en los pulmones, pero no se encogió de hombros ni miró al muchacho como a un simulador, sino que dijo tranquilamente:
—Desviaciones en el metabolismo, parecen genéticas. Por ahora es incurable. No se aflija. Usted no será futbolista, pero en lo demás... En la edad de las cavernas a usted lo habría devorado el primer tigre, pero ahora ¿que importancia tiene eso? Con que no haga caso.
La pesadilla se desvaneció para siempre.
Ya ven en que había terminado todo eso: en la llanura de Marte que se apagaba tristemente, en la alocada huida de si mismo...
Severguin se tendió, puso las piernas en alto para que descansaran mejor. Estos sencillos movimientos lo tranquilizaron. El acceso de desesperación le devolvió la serenidad.
Tenía la culpa de todo, no podía acusar a nadie. Él mismo había desafiado al destino emprendiendo el viaje a Marte. Claro, no había sido como en la infancia cuando, berreando de furia, agarraba una y otra vez la barra de discos para levantarla o caer muerto. ¡Oh, el célebre doctor en microbiología se había olvidado de aquellos pugilatos! Hacía ya tiempo que vivía en un mundo donde todo lo decidía la inteligencia y los méritos físicos no tenían importancia. Allí estaba en su sitio, más que en su sitio.
No es extraño que le rogaran precisamente a él y no a otro trasladarse permanentemente a Marte para aclarar la alarmante conducta de las cristalobacterias que atravesaban de modo inexplicable los filtros de la depuración de agua. A todo el mundo le tenía sin cuidado que el pudiera o no levantarse a pulso en la barra fija: Marte necesitaba su inteligencia y no sus músculos.
Habría podido negarse, pero no lo hizo. Llegar a Marte como un elegido, acercarse al campo de batalla donde el hombre sostenía una ruda lucha por sobrevivir, ¿podía renunciar él a tan brillante desquite por las humillaciones de la niñez? Para sentirse el elegido había que cerrar los ojos a una insignificancia: nadie..., —ni los hombres ni las circunstancias— le exigía a sabiendas que en Marte el luchase a brazo partido con la naturaleza. Allí, lo mismo que en la Tierra, continuaría siendo pasajero de la nave llamada civilización y estaría resguardado de los temporales por portillas seguras.
La posibilidad de una avería estaba excluida. ¿Acaso el capitán de un barco que toma pasajeros a bordo les pregunta si saben nadar?

...Volaba de Sezoastris a Titanus sentado en el cómodo sillón de un diminuto cohete automático que despegaba, aterrizaba y lo hacía todo el mismo. Iba sentado en el sillón y leía. Se rehizo únicamente cuando vio que abajo se acercaban los peñascos. No advirtió, y ahora no lo sabría nunca, lo que se había estropeado en el mecanismo. Pero incluso al caer, el cohete se preocupo de él: la catapulta lo lanzó antes de que el se diera cuenta de lo ocurrido.
Lo único que no pudo hacer la automática fue preservarlo del golpe en la roca al descender en paracaídas (pero hasta la madre más solicita no siempre preserva a su criatura de una contusión). Por suerte, el porrazo no se lo dio Severguin, sino la mochila de la provisión de emergencia. La radio quedó convertida en una ensalada plateada por los añicos del termo del café, pero todo lo demás quedo intacto, incluyendo el famoso plan-mapa que permitía fijar exactamente la situación en cualquier terreno.
Se orientó en cuanto volvió en si. Todo estaba muy bien y muy mal. Se encontraba en la parte sur de la cordillera de Mitchell a un lado de la ruta que seguía el cohete y fuera de la zona de observación de los radares. Eso significaba que Sezoastris no había conseguido detectar el lugar de su caída ni siquiera aproximadamente. En cambio se hallaba a ciento sesenta kilómetros nada más del poblado de los geólogos. Los balones de la escafandra y de la provisión de emergencia le aseguraban treinta y seis horas de respiración. Tenía también tabletas que quitaban el sueño. El terreno montañoso terminaba a unos siete kilómetros del lugar de la caída, y los montes no eran demasiado escarpados ni demasiado altos: como a propósito para los excursionistas. ¡Estupendo! En seis horas atravesaría los montes, más allá comenzaría el llano, donde podría mantener perfectamente una velocidad de cinco kilómetros y medio por hora. Tendría tiempo de llegar. Porque andar no es correr, en esto su organismo no fallaría.
Hubo un momento en que incluso se alegro: ¡si se tomaría la revancha!
Desparramó pintura fluorescente en torno al lugar del accidente para que se viera desde arriba y se puso animosamente en marcha.
Había olvidado que incluso en los montes de poca altura, si no se quería quintuplicar el camino, había que trepar en algunos sitios por paredes verticales, saltar las grietas, subir a pulso, o sea, hacer cosas de las que él no era capaz.
En salvar los primeros siete kilómetros necesitó quince horas cuando cualquier muchacho con distintivo de montañista habría tardado seis u ocho a lo sumo.
Más adelante iría dándose cuenta de que le faltaría tiempo para llegar.

El pequeño sol marciano rozó el borde de la llanura. Severguin se levantó. Su sombra alargada galopó tras el horizonte. Había que caminar para que el ritmo del movimiento adormeciera las emociones que lo embargaban.
No había recorrido ni un kilómetro cuando la llanura oscureció. Pero en lo alto del cielo fulguraban una tras otra plumosas nubes invisibles durante el día, como si alguien las tocase arrancándoles acordes de música en colores. Los tonos dorados, y rojos eran delicados, leves y altos, flotaban en el cristal violáceo del cielo cual pétalos de flores transparentes.
Severguin levantó la cabeza y anduvo así sonriendo de algo, sorprendiéndose de que sonreía y deseándose ser siempre como ahora.
No hay que llevar la contraria a la naturaleza: solo ahora había comprendido esta verdad. No hay que exigirle un confort de cojines de diván, hay que tomar lo que da y amar cada instante de la existencia, pues, de todas maneras, en lontananza a cada uno le espera la muerte. Así pues, ¿vale la pena odiar la vida por no corresponder del todo a los deseos? La piedra cae, el río discurre, el hombre busca la felicidad, todo se realiza según sus propias leyes, esas leyes hay que comprenderlas, pero discutirlas, ¿para qué?
Severguin atravesó sin darse cuenta el límite que separaba el espacio de vida no ensombrecido por la próxima muerte de la última recta en que uno sabe exactamente la hora de su final. Diversas personas cruzan ese límite de distintos modos, pero todas descubren tras el algo nuevo para ellas, algo terrible y grandioso en lo que hay horror y resignación.
El cielo se puso negro, pero la oscuridad no duró mucho: se levanto Deimos. El terreno proyectó reflejos plateados, y el frío que notaba en la rodilla a cada paso cuando se tensaba la tela se hizo más sensible. Severguin aumentó la calefacción eléctrica.
El llano se hizo plano como un mantel extendido, pero en algunos lugares lo manchaban, cual finas pinceladas de tinta china, las sombras de las ralas saetas de safar, mustios matojos de hierba marciana. Inesperadamente Severguin advirtió que se esforzaba por no pisarlas y se sorprendió preguntándose de donde le habría nacido ese instinto solícito.
Después recordó de donde. Cierta vez, un nublado y ventoso día de abril iba por un robledal. Los árboles se alzaban desnudos, como en el invierno, retorcidos; alfombraban el suelo quebradizas hojas, y bajo los pies crujían las bellotas, grises y pardas como las hojas. Era un placer oír como crujían las bellotas bajo los pies. En ese ruido se sentía la potencia de los pasos de un hombre seguro de si mismo, el peso de su cuerpo sano y fuerte. Así camino hasta que entre la marchita hierba le llamo la atención una estrellita de color verde pálido. Se agachó sorprendido: era el brote de una bellota que ya había arraigado en la fría tierra. Y vio que a su alrededor había muchas estrellitas como aquella, crecían por todas partes; y él las pisaba. De puntillas se apresuro a abandonar el bosque.
Como entonces, Severguin se detuvo y se agachó ante un tallo de safar. Sin explicarse por qué, le pareció que contemplar la hierbezuela era más importante que todo lo demás.
El tallo del safar parecía un alambre mohoso, clavado en el terreno helado. Era más resistente que un alambre de acero, no se podía aplastar como una bellota, Severguin lo sabía. Pero el safar también esperaba la hora de su despertar como la bellota. En esa atmósfera enrarecida, pobre en oxígeno y calor, también tenía reservada su primavera. No se helaba, vivía magníficamente en un medio mortífero para todo lo terrenal que no estuviera resguardado por la escafandra y las paredes del invernadero.
A ello también había que resignarse.
Inesperadamente del tallo del safar partió una segunda sombra, delgada como una aguja de hacer punto. Despuntaba Fobos.
Severguin se enderezó. Lo rodeaba la llanura vivamente iluminada. Las dobles sombras estrechas semejaban caracteres de escritura cuneiforme. Severguin, plateado por las lunas, se alzaba sobre la oscura letrera como un monumento.
Y, pese a todo, a su lado había vida. Cuantas veces, fijándose en el campo del microscopio claramente dibujado, se había admirado de la tenacidad de la vida. Con frecuencia la plaquita de vidrio recordaba un campo de batalla por lo espesamente sembrado de cadáveres de bacterias muertas por los tóxicos, los rayos ultravioletas o la radiación. Ni el menor asomo de movimiento, como ahora. Pero era una impresión engañosa. A veces un solo organismo entre millones, uno solo entre miles de millones, sobrevivía y marcaba el comienzo de una nueva raza. Algo ignorado, que lo distinguía de todos los demás, había vencido a las circunstancias conquistando para la vida una nueva esfera donde, al parecer, no existía ningún asidero.
Así fue siempre. Ningún error de la naturaleza ha sido error. La vida terrenal que nació en el agua, se apoderó de la tierra firme, salió al aire, descendió a los profundos estratos. ¿Quién sabe, tal vez dentro de cientos de millones de años sin la mediación del hombre su presión habría lanzado las semillas de nuevos brotes al cosmos transportándolas a otros planetas? ¿Por qué no?
La tierra firme también era un desierto funesto para los habitantes del mar. Pero ola tras ola, arrastrados por las circunstancias, iban al asalto, y por billones que morían siempre había algunos que no eran como los demás, que sobrevivían en el nuevo medio.
Ese era el único caso en que se justificaba su existencia, pues, en las condiciones habituales esos mismos seres estaban condenados a perecer. Cuando una bandada de pájaros es sorprendida por la tempestad, la muerte no escoge a ciegas las víctimas. El estándar verificado en millones de años de evolución puede resistir a la tempestad porque fue pulido por miles de tempestades del pasado. Pero desdichado del que no corresponda al estándar.
Severguin no era estándar y por eso las montañas lo vencían, pero él no podía vencerlas. La técnica ha permitido al hombre casi evitar perdidas en el trayecto a otros mundos. Si no fallara nunca, no habría ninguna perdida. Pero no ha habido ni puede haber una coraza absoluta...
Severguin comprendió súbitamente por que, de todo lo que podía pensar en sus últimas horas, pensaba en eso. Con el subconsciente, involuntariamente, buscaba consuelo. La inteligencia no puede resignarse con la insensatez de la vida ni con la insensatez de la muerte. Es así como está dispuesta. Pero eso no es ningún consuelo.
Lo rodeaba el más profundo silencio. Las lunas se habían aproximado y miraban desde lo alto fijamente, como dos ojos. Cualquier movimiento en este mundo inerte habría parecido un sacrilegio. Severguin aceleró el paso.
Ahora no lo hará. En el momento en que comience la asfixia no sacará la pistola y no se pegará un tiro. A los vivos no les dará igual como sucumba él. Será un doloroso golpe para los amigos si lo encuentran con un agujero en el corazón. ¿Cobardía? No era eso... Simplemente el hombre tiene el deber de luchar hasta el último aliento. Como lucha la hierba, como luchan las bacterias. La capacidad de resistencia de la humanidad depende de la capacidad de resistencia de cada uno, eso es todo.
Ahora caminaba y pensaba en los amigos, en los seres amados, en lo que había hecho y no había hecho. Mucho de lo que antes le había parecido trascendental, ahora carecía de valor. La fama, el poder, el éxito no confortan al hombre cuando llega la muerte. Antes y después de ella el ser humano vive por lo bueno que hizo para los demás. Únicamente la amistad, el agradecimiento y el amor pueden sostener y tranquilizar cuando llega la hora de hacer el balance. Sobre todo el amor.
Ahora, si eso fuera posible, viviría de un modo bien distinto.
Era tarde.
Fobos se extinguió. Soplo el vientecillo del amanecer. Por lo tanto viviría hasta la mañana. Sin saber por que quiso que eso sucediera a la luz del sol.
Pero en el regulador de la presión del aire se oyó tres veces un "clic".
Le entró frío. La señal avisaba que el oxigeno se agotaría dentro de diez minutos. Era el fin.
Las piernas entumecidas lo hicieron sentarse en una piedra blanquecida por la escarcha. En el horizonte el cielo había palidecido un poco, pero faltaba mucho todavía para la salida del sol.
¿Apagar la calefacción y helarse? Dicen que eso parece un sueño.
Y de pronto le entraron unas ganas increíbles, feroces, de vivir. No había tenido tiempo de concluir, de corregir muchas cosas; no había amado del todo, ¡no podía desaparecer simplemente así!
Se levantó de un salto. Y sintió ahogo. Como si le apretaran una máscara a la boca. Los pulmones se dilataban y contraían cada vez con mayor frecuencia, le dolía, la garganta se le oprimía en un estertor, cayó de rodillas, pero comenzó a arrastrarse. Y cuando se le nubló el entendimiento y el cuerpo se agitó convulso, arrancóse el casco y tragó viento marciano, como el naufrago traga agua porque no puede dejar de tragarla.
En los pulmones entro un airecillo fresco, el dolor iluminó el cerebro con postrer fogonazo, y todo se apagó.
Se apagó para volver a fulgurar. Severguin se despertó de los espasmos que le retorcían los pulmones, y vio ante sus ojos algo rojo, flameante.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano alzó la cabeza. Clareaba ya. ¡Y él se arrastraba! ¡Y respiraba el aire marciano! Su organismo no era como el de los demás: había sobrevivido.
No tenía conciencia de ello. Seguía arrastrándose. Se arrastraba furiosa y tenazmente obedeciendo ya no a la razón, sino al instinto, adelante, adelante, hacia donde estaban los hombres.

FIN

Dimitri Aleksándrovitch Bilénkin (Rusia, 1933 - 1987), escritor ruso de ciencia ficción. Se graduó en la Facultad de Geología en la Universidad Estatal de Moscú en 1958.Realizó varias expediciones geológicas a lugares como Kizil Kum, Bet-Pak-Dalu, Middle Asia, Transbaikalia y Siberia, en calidad de geoquímico. En 1959 comenzó a escribir relatos de ciencia ficción publicados en las editoriales Komsomolskaya Pravda y Vokrug sveta. Fue miembro de la Unión de Escritores de la URSS desde 1975 y, desde 1963, miembro del Partido Comunista de la Unión Soviética.
Es un autor apenas traducido al español. Las historias traducidas tienen lugar en un Marte singular, en el que suceden fenómenos tan extraños como el oleaje de un mar de arena. Sin embargo, y aunque pueda recordarlo, el Marte de Bilenkin es un lugar peligroso en el que el ser humano es y se siente un extraño.
Algunos de sus libros
El oleaje marciano
La puerta cerrada